Por: Liz Martínez Vivero
Probablemente los tiempos modernos hicieron lo suyo para que los anteriores reyes de España, Sofía y Juan Carlos, dieran su consentimiento a Letizia, consorte del actual monarca: Felipe VI.
En el año 1933 pensar en una historia de amor entre un príncipe heredero y una plebeya parecería la versión forzada del clásico infantil: Cenicienta. El cuento fue real y una sagüera fue la protagonista indiscutible.
Se llamaba Edelmira Sampedro y era descendiente de asturianos. Hija de una familia pudiente era también prima del famoso catedrático Jorge Mañach y Robato. Heredera de una cuantiosa fortuna extraída de la caña de azúcar, conoció a Alfonso de Borbón cuando él se encontraba en Suiza siguiendo un tratamiento médico.
El príncipe renunció a sus derechos dinásticos y quedó nombrado como conde de Covadonga, pues Carlos III había establecido que los miembros de la familia real debían contraer nupcias con los de sangre noble.

Edelmira Sampedro llegó a la vida del príncipe para llenarlo de alegría a pesar de que él padecía de hemofilia. No obstante, fueron incapaces de lograr la unión sólida y duradera. El infante, con unos impresionantes ojos azules y pelo rubio de herencia inglesa, vivía permanentemente en vilo ante la posibilidad de sufrir un accidente que presentara hemorragias que no pudieran detenerse.
Las malas relaciones con el rey, su padre, eran notorias. Antes de la aparición de la joven cubana, el infante rechazó a la princesa Ileana de Rumanía solo por llevarle la contraria.
Tras una interminable luna de miel de dos años, "La Puchunga", como era conocida cariñosamente Edelmira en la familia real, regresó a Cuba. Alfonso de Borbón, desesperado, tomó un barco y decidió ir hasta la isla para reconquistarla. Vivieron unos años felices hasta que en 1936 el conde enfermó.
El hombre que estaba llamado a reinar en España, si las circunstancias hubiesen sido otras, murió solo el 6 de septiembre de 1938, por culpa de un accidente automovilístico que se produjo a la salida de una sala de fiestas.
Al entierro no fue nadie de su familia. Sólo su madre le envió flores.
En 1985, Edelmira le rindió un último homenaje. Al despedir el féretro, se puso de rodillas, completamente derrumbada por la emoción.














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