
La dolarocracia cubana
Las clases surgieron en el período de la descomposición del régimen de la comunidad primitiva, como consecuencia de que se desarrollaron las fuerzas productivas y aparecieron la división social del trabajo, la propiedad privada sobre los medios de producción y la explotación del hombre por el hombre.
Cuba, en su sistema social, no identifica clases sociales al ser el pueblo, la clase trabajadora, el dueño de los medios de producción y sus ganancias. Al menos en teoría, debería funcionar así. A las claras, -y hablando en términos académicos-, por el modo y la proporción en que perciben la parte de la riqueza social de que disponen, sí existen marcadas diferencias entre los hombres y mujeres de esta Isla, sobre todo, luego del auge de la actividad por cuenta propia.
¿Tiene sentido hablar de clases sociales en Cuba? Querer tapar el sol con un dedo y disimular la diferenciación económica que se ha producido a nuestro alrededor, es como vivir de espaldas a la realidad.
El término clases sociales en nuestra Isla se ha ido construyendo desde el marxismo, aunque el propio Marx nunca diera una definición precisa de clase en ninguno de sus escritos, a pesar de describir muchas de sus características.
Hoy en Cuba, este concepto de clases, parece una caricatura, se acomoda y se desconfigura por segundos.
Siempre fue y es evidente que unos tienen más que otros y eso se nota, primero, por las vestiduras, las prendas, los lugares que visitan y la frecuencia con que lo hacen, las decoraciones del hogar. En un momento, tener un celular fue símbolo de poderío económico, luego, andar en motorina constituía una exigencia de las clases empoderadas y hoy, la máxima señal de que tienes dinero es ser poseedor de una tarjeta en MLC.
Hablando en plata, yo le llamaría, “dolarocracia” cubana.
Estas nuevas medidas económicas puestas en práctica por el gobierno cubano, son muy buenas, sí; oportunas, también. Era mucho el capital que se nos escapaba por falta de gestión y visión, que, recaía en un sector poblacional, que aprovechó las carencias para aumentar su caudal.
Pero, ¿estas nuevas medidas son para todos? ¿Sus ganancias las veremos reflejadas en el plato de comida?
No y no. El pueblo trabajador, presupuestado, aunque ahora con salarios más dignos, pero que no recibe remesas o que no puede depositar 400 0 500 dólares en una tarjeta magnética, no puede comprar los productos que se ofertan en estas nuevas tiendas. Eso no es para él, es para la dolarocracia.
El objetivo del Estado cubano es acopiar esa moneda que se escapaba, y emplearla en nuestro sistema social, -educación y salud, sobre todo-, al cual accedemos de forma gratuita. De ahí que los beneficios sean poco perceptibles para visiones simplistas.
Pero, Hablando en plata, el pensar individual es de este siglo XXI y casi todo el mundo quiere un refrigerador de 16 pies cúbicos que no le digan “el lloviznao”. Pero esa opción, hoy, no es para todos. Por eso la medida, en primer lugar, impactó, emocionó, pero luego de pensarla bien, las personas chocaron de bruces con un nuevo factor de diferenciación. Diferenciación que ya existía, pero que estas medidas las transparentan mucho más.
Lo que sí es seguro, es que la brecha cada día va en aumento, desprotegiendo a esos que no tienen las herramientas necesarias para cambiar su estatus. Faltan ahora, las políticas que promuevan la eliminación de estas brechas socioeconómicas al interior de la población cubana.
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