Por: Liz Martínez Vivero
Tengo una confesión. Hace un tiempo retomé mi hábito de lectura. Probablemente mis urgencias por ser un mejor ejemplo han terminado por volverme a los libros. Anteriormente, otras urgencias fueron las culpables. Cuando uno es joven peca por no saber administrarse ni los bolsillos ni el tiempo. Fui dejándolo para luego y ya saben lo que se deja para después, para después se queda.
Únicamente leía los textos que de forma “obliguntaria” sugerían en clase que leyéramos. Cuando me gradué empecé a leer el periódico, para estar al menos actualizada y otras temáticas siempre concerniente a este mundo de preguntas y respuestas, de informaciones y donde la rapidez parece la orden del día.
Hace unos días me planteaba que ya los jóvenes no nos sentamos a hablar de un buen libro. En mi etapa de preuniversitario era la comidilla de cada entrada al pase, nos intercambiábamos los textos para buscar más temáticas en común: ¡Teníamos taaaaaaanto tiempo!
Ahora, de todas las pérdidas a que hemos asistido en este convulso siglo XXI, la lectura a nuestro juicio viene a ser la menos traumática. A la gente no le preocupa que los más nuevos no lean, la gente elige otras prácticas para el disfrute. Leer un libro se ha vuelto un bloque, nadie quiere levantar tan pesado ladrillo. El vendaval de adelantos tecnológicos que, mejor dicho, como avalancha se nos ha venido encima relegando a planos menos estelares a la lectura.
Se olvida, imperdonablemente, la sabrosura de llorar ante la letra impresa. Series, películas de todas las facturas para complacer los gustos más exigentes bombardean las ciudades de ensueño a donde viajabas, imaginación mediante, en el favor que te hacía un libro.
Malo que todo quede tan explicito y la parte cerebral enfocada en la “obtención de los pasaportes a variados paraísos” se vaya nublando en las mayorías. Optan por la Belleza Latina y descuidan a los clásico. ¡Qué triste! Tristísimo por el mismo concepto que nadie siquiera se ocupe de la vilipendiada Corín Tellado y entreguen, sin remordimientos, sus últimas energías luego de una extensa jornada de trabajo a la carrera desenfrenada por la copia del paquete semanal.
