Por: Bárbara Fortes Moya
En mis años de adolescencia vivía muy cerca de la casa natal de Manuel Ascunce Domenech aqui en Sagua la Grande, devenida en sede pedagógica municipal que ostenta el nombre del mártir alfabetizador.
El paso junto a mi familia era frecuente por allí y me llamaba la atención la tarja situada en la vivienda marcada con el número 62 de la calle Carmen Ribalta, entre Carrillo y Gonzalo de Quesada. Al preguntarle a mi madre de quién se trataba me respondió: ” El pobre, inocente, por enseñar a leer y a escribir lo mataron”. Nunca se me borraron de mi memoria estas palabras.
Asistía con mis compañeros de estudio a los actos de recordación al mártir sagüero, cada 26 de noviembre y no podía comprender el por qué asesinar a quien era un adolescente todavía, por el solo hecho de alfabetizar a una familia.
En las clases de Historia de Cuba, nos explicaban que a pocos días para la culminación de este acontecimiento sin precedentes en nuestro país, el 26 de noviembre de 1961, un grupo de bandidos, llegó a la casa del Lantigua, se hicieron pasar por milicianos, sorprendieron al campesino y lo capturaron a él y al joven maestro. La esposa del campesino quiso proteger al muchacho y dijo que este era su hijo, pero Manuel, con valentía les manifestó: “Yo soy el maestro”.
Al día siguiente se encontraron los cuerpos sin vida colgados de un árbol.
El horrendo crimen organizado por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA), tenía el propósito de obstaculizar el éxito de la Campaña de Alfabetización, que concluyó exitosamente el 22 de diciembre de ese mismo año, en la Plaza de la Revolución, con el histórico discurso en el que Fidel declaró a Cuba Territorio Libre de Analfabetismo.
De la vida de Manuel
Manuel Ascunce Domenech nació en Sagua la Grande y se traslada a temprana edad con la familia para la capital, aunque al decir de su hermana Marilola, él siempre añoraba las vacaciones para regresar a su ciudad natal a jugar pelota, a las bolas, cazar tomeguines a la orilla del río, y tirarse en yagua de los acantilados.
Muy joven ingresó en la Asociación de Jóvenes Rebeldes, y cuando se produjo la invasión mercenaria de Playa Girón, acudió de inmediato a su secundaria básica para hacer guardia y defenderla si las circunstancias lo requerían.
Durante la Campaña de Alfabetización no vaciló en separarse del hogar para marchar adonde fuera necesario. «Era apenas un niño —como dijera Fidel—, que además había sacrificado sus vacaciones, que llegaba allí, igual que otros 100 mil jóvenes, igual que otras decenas y decenas de miles de niños y de jóvenes, hijos, por supuesto, de decenas y decenas de miles de familias, muchos de ellos, la inmensa mayoría, hijos de la clase obrera.»












