Por: Liz Martínez Vivero

 

"Cuando mi nuera dio a luz pensé que faltarían las fuerzas para ayudarla. Hacía pocos meses me había lastimado la cintura. Me dieron una prescripción para el Metocarbamol, debía tomarme una pastilla cada ocho horas. Preocupada como estaba, queriendo estar listísima para mi primera nieta me tomé dos cada vez. Luego aumenté la dosis y ahora no puedo estar sin esa pastillita."

La historia de Magalys parece idéntica a la de Yilian. Salvando las diferencias porque Yilian tiene la edad suficiente para ser hija de la Maga de mi cuadra.

"Ni sé cuando empecé a tomarla. Alguien en mi trabajo me dijo que me ayudaría para que todo “resbalara”, para no coger tanta lucha. Cada mañana, antes de irme a trabajar incluso unos minutos antes de despertar al niño para la escuela, tomo mi clordiazepóxido. Creo, ahora que me pongo a hacer memoria, que lo usé por primera vez cuando murió mi mamá. Pensé que el mundo se me venía encima."

Para mis vecinas no hay ninguna situación en el asunto de usar los medicamentos. Ambas coinciden en señalar que tanto el relajante muscular como el ansiolítico alivian y mejoran el rendimiento.

Como con toda adicción, la dependencia a los medicamentos provoca síntomas de abstinencia y una pérdida de control de la conducta que obliga a seguir consumiéndolos. Los doctores franceses Maurice Dematteis, especialista en adicciones y farmacólogo, y Michel Mallaret, farmacólogo y responsable del Centro de Evaluación e Información sobre Famacodependencia señalan que la dependencia se traduce en una necesidad imperiosa de consumirlos para sentir placer o aliviar un dolor.

De forma más específica, lo que marca la existencia de una adicción es el uso/abuso que se hace del medicamento en cuestión. Ingerirlo de manera compulsiva puede llevar al sufrimiento psíquico en caso de que falte pues la vida del paciente gira en torno a obtención y consumo de la sustancia.

Algunas publicaciones en Internet se hacen eco de algo que los médicos llaman susceptibilidad genética. Es decir, el riesgo de desarrollar una dependencia farmacológica es mayor si existen antecedentes familiares de dependencia o si ya se sufre una adicción a un producto (alcohol, tabaco, drogas, etc.) o, por ejemplo, al juego. Algunos temperamentos, rasgos de personalidad y enfermedades psiquiátricas facilitan el consumo de medicamentos y el desarrollo de una dependencia.

Por supuesto, el ambiente influye. Un contexto estresante favorece el inicio del consumo, su repetición y las recaídas. Existen profesiones que, por sus características, llevan a una mayor exposición (viajes, trabajo nocturno, búsqueda de rendimiento, etc.) o simplemente facilitan su obtención (ámbito médico).

Las personas deben conocer que ciertos medicamentos impactan en la actitud profesional y en la conducta, lo que puede provocar más accidentes. El aumento de las dosis puede desembocar en una sobredosis potencialmente mortal, sobre todo si también se consumen otras sustancias, como el alcohol u otros medicamentos.

También pueden darse episodios de sobreconsumo, responsables de intoxicaciones farmacológicas voluntarias, sin intención de muerte pero que pueden causarla.

Los descongestivos nasales, que se consumen de manera abusiva por sus efectos psicoestimulantes, tienen consecuencias vasculares. En caso de sobredosis pueden causar hipertensión arterial, un accidente cerebrovascular o un infarto de miocardio.

Y esto, solo citando las consecuencias que más domina la población pero que a veces obvia cuando el tormento del dolor sobrepasa al conocimiento previo sobre lo nefasta que puede resultar una adicción, cualquiera que fuere su naturaleza.

Al menos en el caso de Cuba, la gente solo es consciente de la dependencia cuando se trata de las sustancias prohibidas (heroína, marihuana o cocaína) pero el desconocimiento no exime de culpa.

Si Ud leyó esta reseña ya estará enterado, comparta el saber con todos los que conoce.