Por: Liz Martínez Vivero
Víctor siempre se las arregla para ser noticia. Para las mayorías ahora todas sus decisiones resultan erradas. En sus años de jugador más de uno seguramente también lo tildó de loco cuando se lanzaba al robo del home. Después aplaudían frenéticos y Azucareros primero, Villa Clara y el Cuba después, salían muchas veces a flote por la gloria del 32.
De las maneras en que un juego se torna una decisión, un estilo de vida, ponía corazón, pimienta en cada una de sus oportunidades al bate o a la defensa. Repito, ahora siempre se las arregla para ser noticia y a la gente (muchos de los que aplaudían antes) les molesta que lo sea. Soy consciente, porque lo he visto, de sus problemas de comunicación y hasta de carácter cuando entra en un estadio de pelota o fuera de él, en general cuando habla de bolas y strikes. A Víctor le corre la pasión en todo lo que dice y en cada gesto puede advertirse su desmedido sentimiento .
El mundo lo tilda de loco cuando abre, desmesuradamente sus ojos e irrespeta a árbitros, al público o a otros peloteros. Cierto, nada puede justificar un maltrato pero esto no es nada nuevo. Ahora como no gana un Campeonato es más fácil poner Censored a todo cuanto dice y hace. Incluso, cuando hasta hace un año dirigía Matanzas con todo y el récord de ganados, la gente quería que perdieran simplemente porque Víctor era timonel.
Hace unos días, de regreso a casa, me topé con una persona que me sabía periodista. Sin mucho preámbulo contó que se enamoró del béisbol viendo jugar a mi coterráneo en el center o corriendo las bases como nadie lo ha hecho jamás en la vida.
Como si necesitara convencerme argumentó – porque yo no lo viví- que los titulares siempre traían alguna mención a La Explosión Naranja, a Víctor como protagonista indiscutible de todas las peripecias anaranjadas.
Hace un año, o dos no recuerdo bien, dijo que se retiraba, que ya no iba a seguir dando de qué hablar a los periodistas. Al principio sentí ira, no por ser parte del gremio sino por la insolencia en sus maneras, aquel día estaba hablando con un periodista después de todo y siempre he defendido que en el respeto a los demás algún día los pacifistas encontrarán el camino a la paz mundial. Pero por suerte Víctor no cumplió. Digo que por suerte porque de lo poquito que le queda a nuestra pelota, al menos le queda Víctor Mesa Martínez, el mejor 32 de todos los tiempos.
Si Ud. llegó hasta aquí esperando que enumerara su sarta de malas actitudes, disculpe. El mayor pecado de Víctor fue y siempre ha sido, en todo caso, amar el béisbol y dedicarle toda su vida.
