Por: Liz Martínez Vivero
A raíz de la reciente conmemoración del aniversario 122 de la caída en combate de nuestro José Martí fui lectora testigo de los múltiples homenajes que se le rindieron en todo el país. Hasta Sagua la Grande llegaron los conversatorios sobre su extensa obra y su vida tan corta como fructífera.
Algunos jóvenes, por solo citar un ejemplo, recorrieron la ruta que emprendiera desde que arribara a Cuba, en la misma embarcación que Gómez el 12 de abril de 1895. Llegaban por Playitas de Cajobabo para emprender aquella Guerra, orquestada por el Apóstol, y bautizada por él mismo como necesaria debido a lo inminente del logro independentista.
El homenaje suscitó en mí una inquietud cimentada en la pertinencia de que las nuevas generaciones de cubanos entiendan, en primer lugar, por qué es menester volver una y otra vez a su pensamiento tan vital y de una vigencia tan extraordinaria que no resulta ocioso decir que abarca todos los ámbitos.
En mi época de estudiante también, como es lógico, los maestros encomendaban la lectura de algunos artículos o poemas suyos en específico pero a mi pesar debo reconocer que su gestión, fue insuficiente para sembrar en algunos la semilla martiana. Es decir, leíamos con denuedo aquellas encomiendas pero salvo en mi Primaria no recuerdo rincones martianos ni maestros que ostentaran tal condición. Los agasajados actualmente con el mérito ¿qué requisitos deben cumplir? ¿Quién los dictaminó? ¿Se puede ser martiano y permitir lo mal hecho? A cualquiera se le va un borrón, pero ¿hasta qué punto es lícito por ejemplo, dejar que la esperanza del mundo, se concentre en lo que no debe y obvie deberes escolares sin que hagamos nada al respecto?
Hay muchas formas de estudiar y una de ellas, la más común en nuestros días, va encaminada solamente al logro de buenos resultados sin que las lecturas calen verdaderamente en lo más hondo y espiritual de uno. Leer por leer no es leer para crecer, eso al seguro.
También mis primos, mayores que yo, fueron merecedores del Beso de la Patria. Con sano entusiasmo exhibían su diploma y hasta lo hicieron colgar bien cerca de sus muñecos y otros tesoros y reconocimientos deportivos y académicos. Hace poco comprobé que permanecen en su puesto al lado de los títulos universitarios y la culminación de la misión internacionalista en el caso de mi prima. Ahora no escucho tanta emoción al respecto. Ni siquiera tengo nociones de que sigan otorgándolo.
Seguramente Ud que lee adivinó mi incómoda preocupación. No es que Martí sea un reconocimiento pero debiera ser una motivación, un faro que efectivamente ilumine el camino de todos aquellos que buscan el bien. ´
Para que no caiga en el olvido, para que no muera en nosotros un buen comienzo sería el rescate de las condiciones y lugares que nos hagan sentir más martianos, y a él parte de nuestro diario vivir.












