Por: Liz Martínez Vivero

 

¡Gracias, Maceo!

Porque la historia tiene esas pátinas de misticismo quiso la casualidad que dos próceres de nuestra historia nacieran un día como hoy. Antonio Maceo Grajales y Ernesto Guevara de la Serna.

De un lado, la estirpe en las venas y el arrojo por bandera. Aún sin una preparación militar las hazañas que ejecutó lo catapultaron hasta la cima de la hidalguía y todavía hoy es referente para las distintas generaciones de cubanos su histórica protesta de Baraguá donde dejó claro el carácter de intransigencia que caracterizó a todos nuestros patriotas a lo largo de todas las gestas.

Aunque sus padres no habían estudiado sí fomentaron en Antonio las normas cívicas que conformaron el carácter del héroe. El trabajo honrado de sus progenitores lo llevó a tener un sentido alto de la responsabilidad y del deber.

Algunas publicaciones dan cuenta de que, de su padre, Marcos Maceo, adquiriría sus primeras ideas revolucionarias. De acuerdo con el investigador Eduardo Torres Cuevas: «Padre e hijo discutían entre sí y con los demás miembros de la familia, con edad suficiente, las ideas políticas de aquellos sectores patrióticos que criticaban la dominación española».

La actitud digna y de principios se hace más firme en Maceo, al reafirmar la capacidad de los cubanos de lograr la independencia por medio de las armas, oponiéndose a la intervención de Estados Unidos. Por estas razones, en carta al coronel Federico Pérez Carbó subrayaría el 14 de julio de 1896: «De España jamás esperé nada; siempre nos ha despreciado, y sería indigno que se pensase en otra cosa. La libertad se conquista con el filo del machete, no se pide; mendingar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos. Tampoco espero nada de los americanos; todo debemos fiarlo a nuestros esfuerzos; mejor es subir o caer sin ayuda que contraer deudas de gratitud con un vecino tan poderoso».

De él dijo, nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, expresó: «[…] nosotros pertenecemos, Antonio Maceo, a tu estirpe, a tu sangre, a tu coraje, a tus ideas... ¡Gracias Maceo porque nos diste esta oportunidad!».

 

Mi carta al Che

 

Che Comandante, amigo: (que me perdone también Guillén)

De las presentaciones se encargó mi mamá, que ha ejecutado con valentía la difícil misión de conducirme por la vida. En la imagen de la plaza, recuerdo que me impresionó su rostro Che.

A una altura bastante considerable para una niña de 10 años pude advertir su brazo en cabestrillo y la boina que le tapaba la frente pero no la mirada. Allí estaba, hierático y firme, como mirando a su Santa Clara. Su aspecto se me antojó el de un hombre hecho, curtido en avatares y contiendas impuestas por el destino (aunque entonces no sabía explicarlo).

Mami me contó de su valor y el altruismo, de su interés por la libertad de los pueblos del mundo y del ritmo en su voz, típico de los argentinos. Porque argentino era, nacido en el cono sur aunque vivió como cubano y luchó cual uno más en las precarias condiciones impuestas en la lucha de la guerrilla sobre todo para el guerrillero asmático privado de lo indispensable para el tratamiento de su padecer. Primero aquí, después en el Congo, más tarde en Bolivia. A Bolivia no debió ir, si me permite el atrevimiento.

Acaso si Cuba hubiera sabido que allí encontraría a la muerte, de manos tomadas hubiéramos hecho un lazo humano que no le permitiera salir de nosotros, de este pueblo que le amó y lo sigue haciendo, como únicamente se sigue padeciendo eternamente por un hijo. Huérfanos del Che, pasan los días, pasan los años y el dolor se mantiene intacto como cuando Fidel notificó al pueblo de su despedida para siempre de este mundo, mal llamado el de los vivos.

¿Cómo puede ser esta la vida? A ciencia cierta no podría responderle porque, es mi criterio, sucede que la muerte se vuelve falacia cuando un ejemplo se multiplica y sigue haciéndolo sin freno durante tantos años.

Hasta hoy he intentado suponer el nudo en la garganta de aquel hombre que apretó el gatillo. Matar a otro siempre debe ser complicado, debe doler en las sienes, en el estómago y por supuesto, en el lado izquierdo de uno más que en del  otro, que muerto, ya no siente ni padece y por consiguiente se libra de cualquier pena o sentimiento de culpa.

Su nombre no trascendió y en todo caso, ultimándole, prendió una llama eterna. ¡Valiente ejecución! Sirvió de aliado a la parca para llevarse un cuerpo, no más un cuerpo.

Sepa Che, que a 50 años de su adiós, seguimos tratando de imitarle, de tatuar su impronta en cada uno de nosotros y eso aunque cada nueve de octubre los rostros se cubran por el dolor intacto.

 

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   Entre sus salas principales destacan la dedicada a las Guerras de Independencia, la Neo colonia, la huelga del 9 de abril de 1958 y el triunfo de la Revolución, además de una muestra permanente de la historia de los bomberos en Sagua la Grande.


 

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