Por: Liz Marrtínez Vivero
A la única amiga que tengo que no lo come...
Hasta hace pocos meses yo creía, con un fervor casi religioso, que el arroz congrís, la carne de cerdo y la yuca con mojo tenían en nuestra idiosincrasia la etiqueta de comida (plato) nacional. No es que estuviera instituido en ninguna parte, pero la tradición “findeañera” me hacía suponer eso. Con tantas repeticiones a lo largo de 25 diciembres no había espacio en mi cabeza para suponer otra cosa.
Como sucede muchísimas veces yo apostaba por un concepto errado. Al menos, desde mi punto de vista, es muy absoluto declarar (sin derecho a réplica) que la carne de puerco (léase carne de macho en Santiago de Cuba) pueda ser el plato fuerte nacional, así con todas esas letras que le dan cierto carácter oficial.
Según el diccionario de la Real Academia costumbre es un hábito o tendencia adquirido por la práctica frecuente de un acto. De modo que las costumbres de la vida cotidiana son distintas en cada grupo social, y esto viene a dar al traste con la idiosincrasia distintiva.
En otras palabras: lo que se hace todos los días, también denominado rutina, es distinto para todo el mundo. Aunque algunas actividades como despertarse, dormir y sobre todo comer, se repitan al menos para todos los que conozco, sin ser absolutos.
¿A qué viene todo esto?.- se preguntará impaciente Ud que lee. Ahí voy. Un plato que no es nuestro en absoluto se repite en la preferencia de las mayorías. ¿Adivinó? Sé que sí, coincidirá conmigo en que la pizza cala en el gusto de niños, jóvenes y ancianos; aunque estos últimos sostengan una lucha sin cuartel procurando descuartizar cada suculento pedazo.
Su origen más aceptado se remonta a Grecia y no a Italia como hasta ayer yo creía. Cuando los coterráneos del poeta Homero cubrían esta especie de pan plano con queso, aceite e incluso hierbas aromáticas.
La pizza que hoy conocemos si es más reciente y también italiana, más específicamente nacida en Nápoles hacia el siglo XVII. Estuvo prohibida en la corte española porque a Isabel de Castilla le dio por eso, quizás porque las mujeres siempre vamos contra corriente y a lo mejor, digo yo, tal vez porque también sabía que su esposo Fernando de Aragón se apuntaba en la lista de los fanáticos. Ir en contra del esposo es asunto prehistórico, pero ese es otro cuento.
De todos modos, no se sientan mal por él. Rey como era la comía a escondidas y (como en las películas siempre por menos que una pizza hace la realeza) se disfrazaba de plebeyo para degustarla en los barrios pobres.
Desconozco si en algún momento la soberana de España bajó banderas en torno a la disparatada prohibición. No obstante sus peros y paras, lo que sí es cierto es que la sacrosanta pizza perfeccionó sus maneras y llegó hasta nuestros días con muchísimos nuevos motes, siempre de acuerdo a sus distintos ingredientes.
Ahí esta mi favorita hawaiana que tiene piña y jamón. El queso el pobre nunca se libra, para que sea una pizza tiene que estar presente, en todas sus variantes aunque no siempre en las cantidades que yo quisiera.
Recientemente me he enterado de la pizza focaccia, una suerte de bendición para los intolerantes a la lactosa. A ellos desde aquí mando mi más sentido pésame, y aclaro, no voy a probar la focaccia, no puedo hacerlo ni por decreto.
De todas todas creo que en el podio finalista clasificaría la pizza de mayo. Una suerte de agradable sorpresa que si es nuestra. Por el agradable sabor del queso con la mayonesa, terminas perdonándole que te embetune los labios.












