Por: Liz Martínez Vivero

 

Setenta y dos años han pasado desde el bombardeo atómico sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Luego del ataque, los pilotos norteamericanos fueron nombrados héroes nacionales, hasta el día de hoy muchas personas en el mundo desconocen la gravedad de la tragedia que nubló aquella mañana de agosto.

Se estima que hacia finales de 1945, las bombas habían matado a 140.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki, aunque sólo la mitad había fallecido los días de los bombardeos. Entre las víctimas, del 15 al 20% murieron por lesiones o enfermedades atribuidas al envenenamiento por radiación. Aún se sienten los efectos entre los hibakushas que es el nombre utilizado para denominar a los sobrevivientes de aquella masacre.

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Una de las historias que más conmueve es la de Sadako Sasaki. Tenía solo 2 años cuando la bomba atómica detonó sobre la primera ciudad. Cuando la niña tenía 12 años, descubrieron que estaba muriendo de leucemia. En el hospital le contaron una antigua leyenda japonesa según la cual a la persona que hiciera 1.000 grullas de papel se le concedería un deseo. Dado que el papel era entonces escaso, era difícil que Sadako viera su deseo cumplido, pero con la ayuda de familiares y amigos, la niña pudo hacer 1.000 grullas. Murió cuando estaba haciendo la grulla 1001.

Inspirado por la historia de Sadako Sasaki, un movimiento ayudó a levantar el monumento de la Paz de los Niños en 1958. El monumento representa a una joven que lleva una grulla de papel y tiene la inscripción “Este es nuestro grito. Esta es nuestra oración. Para la construcción de la paz en el mundo”.

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En 2007 Yasuhiko Taketa recordaba que mientras esperaba la llegada del tren a la estación de Yano sintió que sus órganos internos empezaban a temblar y estaban a punto de explotar. El cielo pasó del color azul al amarillo y después al rojo. Una inmensa columna de fuego atravesaba el horizonte envuelta en una gigantesca nube en forma de hongo. Según sus palabras era una imagen terrible, pero a la vez de una belleza indescriptible.

“Desde entonces he pintado mil veces esa escena (muestra mientras habla una de las pinturas que acaba de presentar en una exposición en Nueva York) porque no puedo quitármela de la cabeza.
Un soldado me prestó unos prismáticos y fue entonces cuando me di cuenta de que bajo ese monstruo de fuego Hiroshima ardía con toda su población. No sabíamos lo que había pasado, pero minutos después empezaron a llegar personas completamente quemadas y desfiguradas que se protegían el rostro con las manos para que los ojos no se les salieran de las órbitas. Una de ellas se paró frente a mí y me llamó por mi nombre, pidiéndome agua a gritos, pero su cabeza se había hinchado y tenía tres veces el tamaño normal. Estaba irreconocible. Sólo supe que era mi mejor amiga cuando me dijo su nombre.

Pensé en volver a casa cuanto antes para comprobar si mi familia seguía bien. El tren nunca llegó a la estación. Caminé hasta llegar a casa y me encontré a mi madre entre las ruinas de lo que fue nuestro hogar. Mi hermano yacía en la cama, completamente quemado. Gritaba: ‘Mamá, ayúdame’. Mi madre empezó a quitarle la ropa entre lágrimas y la piel se desprendía como un adhesivo, dejando su cuerpo en carne viva. Murió después de tres días de agonía".”