Por: Liz Martínez Vivero
Septiembre, como se sabe, huele a libros, lápices, libretas… a uniforme recién planchado. La algarabía de los niños vuelve a tomar por asalto las calles.
Me hace pensar que seguramente también lloré el primer día incluso porque es inevitable cuando se comienza algo nuevo. De modo que se llora, aunque las lágrimas no se vean siempre, a cualquier edad, en el momento preciso cuando nos alejamos de lo conocido, como Cristóbal Colón, por conquistar nuevos mundos.
Ahora es que lo entiendo de esta forma, con cuatro años al iniciar mi vida estudiantil quedándome en la escuela me sentía prisionera de una silla, del aula, de la maestra… pero el “aparente suplicio” fue transformándose en pasión insaciable por descubrir primero sonidos, letras, oraciones, ideas.
Pronto empecé a amar la escuela, mucho antes de tener pañoleta, mucho antes de aprender a escribir mi nombre. Aparte de los amigos los desconocidos caminos del saber se empezaron a volver imprescindibles. Lamentaba las vacaciones, las semanas de receso y hasta los fines de semana. Sí, claro que me gustaba pasear pero la escuela en sí misma para mí era una fiesta… una verdadera fiesta con muchos invitados y todos a la misma vez eran homenajeados.
Más tarde aprendí conceptos como la amistad, el compañerismo y la verdad. Luego, fue menester empezar a ponerlos por obra.
Hace algunos septiembres dije adiós a las aulas al comenzar oficialmente mi vida laboral. Opté por el periodismo, por contar las historias de otros por lo general desde una perspectiva impersonal. Escogí esta pasión insaciable, como diría Gabriel García Márquez, que se alimenta de las imprevisiones de la vida y no puede digerirse ni humanizarse como no se sienta en carne propia.
Siempre con dolor, como el estudiante, también el periodista carga la cruz pesadísima de agradar a otros con su trabajo. Enfrenta incomprensiones después de larguísimas jornadas de labor y ni una sola completamente de asueto. La mínima diferencia es que mi tribunal ahora no solo lo componen profesores.
Pocas veces aplaudido, el reportero en sí mismo es un eterno estudiante, que sobre todo debe tener la perspicacia para observar y no perder detalles pues a la postre son ellos los que hacen más o menos creíble su versión de los sucesos inclusive ocurridos en distantes latitudes.
Así que mis nostalgias estudiantiles quedan de algún modo satisfechas. En septiembre u otro mes, todos los días conozco algo nuevo desde este espacio, cuando el día acaba se dibuja en mi rostro la misma sonrisa de Cristóbal Colón, cuando Rodrigo de Triana, desde el mástil de La Pinta avistó la Tierra.












