Estación ferroviaria de Isabela (Foto: Diana Guirola de la Fuente)
Por: Liz Martínez Vivero
Isabela no hace camino pero lo más difícil no es llegar. Ahora ningún cartel da la bienvenida al poblado de pescadores. Entre tanta debacle, parece un olvido voluntario. Resulta complicado “bienvenir” a nadie, si bien antes Isabela era (para sus “no hijos”) como la tía a la que siempre quieres visitar.
Entrada al poblado isabelino luego del azote del huracán Irma (Foto: Diana Guirola de la Fuente)
Hace menos de quince días cuando comenzó el curso escolar casi inmediatamente el potente huracán empezó a importunar con sus amenazas. La maestra Lisleydis Pérez, en primera instancia, no pensó que sería tanto el daño aunque la mayoría de los modelos de pronósticos auguraban que la costa norte sería la más afectada.
Todos se evacuaron, enterados ya de la potencia de Irma y de su determinación de hacerles daño. A Lisleydis la encuentro casi en la entrada. “¿Cuál es tu casa?.- le pregunto.” Señala hasta un vacío donde dos hombres buscan entre los horcones.
Viviendas destruidas por el huracán Irma (Foto: Alfredo García Pimentel)
“Me quedé sin fotos, sin recuerdos, apenas con la ropa que llevo puesta y otras pocas cosas que armé en un bultico para la evacuación. Desde allí vi la destrucción de mi casa pero cuando llegué en la guagua y la vi con mis ojos… fue demasiado duro para asimilar”
No puedo sino imaginar su dolor, tiene los ojos inflamados por tanto llorar. Me alcanza a decir con la firmeza que le queda:
“Confíe periodista, Isabela se levantará de nuevo. Cuando Ud venga pregunte por mí, el día que tenga mi casa puede contar con que es la suya propia.”
Agradezco y con una sonrisa en los labios, creyéndome su convicción, me alejo hasta una casita de la entrada donde una mujer tiende ropa.
“Entre”.- me dice. Sorprendida acepto su proposición, es evidente que me ha visto conversando con mi primera entrevistada.
“Habla tú con ella, viejo. No quiero repetir lo mismo.” Pero no hay agravio en lo que dice y, como en un impulso mecánico, reanuda su quehacer.
“Escriba primero que me dicen Carahatas, aquí nadie me conoce por mi nombre que es Pablo Denis Paz. Vine desde allá huyéndole al mar y al trabajo del campo, me enamoré y aquí estoy.”
Familia isabelina afectada por el fenómeno meteorológico (Foto: Diana Guirola de la Fuente)
La verdad es que ni él ni nadie pensaba que las olas subirían con tal desafuero. Llegaron hasta los tres metros.
“Recuerdo que el ciclón Kate fue también muy destructivo pero no a la altura de este. Escaparates, tanques de 55 galones, todo lo que estaba en alto se vino abajo. Ahora lo que nos queda es echar pa´lante, pero los cubanos somos más duros que cualquier ciclón. Lo importante es que tenemos piernas y brazos para batallar, todo lo otro se repone, la vida no. Pero fueron ocho horas de espanto, seguíamos las noticias desde el centro de evacuación. Sabíamos que estaba acabando aquí.”
A Isabela hace muchos días que no llega la prensa escrita. Como consuelo de pobres le comento a Odalys (la esposa de Pablo) que hay algunos fallecidos, dos de ellos tenían mi edad.
“Eso si es una calamidad, pobres familiares. Se sufre con más con eso, claro que se sufre más”- dispara en ráfagas y no para de lavar, como un recurso de desahogo enjuaga y tiende, tiende y vuelve a enjuagar.
Agradezco y me despido, camino hacia La Punta, donde la fuerza de Irma se sintió con mayor violencia. En el trayecto algunos niños corren a avisar a sus padres sobre los camiones que no han dejado de entrar al poblado. Llegan cargados de agua y víveres, normados, a precios asequibles para que nadie pueda lucrar con lo que corresponde a todos.
Antes de llegar me golpea en el rostro el policlínico. Quiero hablar con el doctor. En la entrada una señora llora, sin consuelo. Acaba de llegar desde la casa de su hija, donde se encontraba evacuada. No había visto el destrozo y según me informan después le costó trabajo encontrar su casa. Siento su pérdida, la intensidad de su lamento carcome, avanzo hasta la consulta. Después de las debidas presentaciones, el doctor Yoel Esponda atentamente accede a responder mis preguntas.
“Todos los padecimientos, periodista, son de carácter psicosomático. Si la psiquis está bien, así mismo sucederá con el soma. Figúrese por mucho que les ayude hay gente que no está preparada para estas cosas. Llevo aquí tres años, no había visto nada parecido.”
Isabela es un pueblo de pescadores. Son gente fuerte, curtida por el trabajo arduo, se sabe de lejos cuando viene un isabelino. Llevan el sol impregnado en la piel, en estos días el olor a salitre que circunda toda aquella atmósfera se mezcla con el dolor en los ojos, en las imágenes que atesoran de un pasado reciente, anterior a la devastación que dejó Irma. Muchos perdieron todo lo material pero les quedó la esperanza y muchas ganas de seguir luchando, no hay ciclón que pueda contra eso.
Los pobladores de Isabela no pierden la confianza en la Revolución (Foto: Diana Guirola de la Fuente)
Antes de salir mi mamá me hizo jurar que pasaría por casa de unos amigos, los mismos que hace unos meses calmaron mis antojos de pescado. A Meraldo e Ivón, todo el mundo los conoce pero entre tendedera uno y tendedera dos me cuesta distinguir su casita. Ivón mece a su nieta Leire, de dos meses. No sabe de ciclones ni del pueblo antes de Irma. Alguien, quizás su abuela, se encargará de contarle.
En la entrada, me encuentro a Meraldo y su cansancio le impide reconocerme. Igual me hace pasar al portal y una vez allí me saluda con familiaridad. No es que el ciclón les haya borrado mi recuerdo, me aclara, es que han sido jornadas de mucha tensión. A cualquiera se le despinta un rostro pero las voces no las olvida.
Empezamos a hablar de Isabela, de todo lo que ha pasado y de lo que va a pasar. Nada puede empañar la alegría de los abuelos, felices como el primer día (hace dos meses) en que Leire llegó a sus vidas para iluminarlo todo con su carita redonda y soñolienta cual si estuviera involucrada en las labores de recuperación.
Les prometo una nueva visita, prometo regresar antes de que mi rostro se despinte de nuevo, antes de que alguna jornada inoportuna llegue a sofocarlos con cansancios impensados.
Paso casi inaccesible debido a la penetración del mar (Foto: Diana Guirola de la Fuente)
De regreso pienso en lo complicado del trayecto, en la imposibilidad de avanzar en línea recta entre tanto escombro. Mentalmente, repaso los isabelinos de mis años de preuniversitario. ¿Dónde estarán ahora?
Eran famosos por su temperamento, por las bromas y por darnos permiso para guardar en sus casas nuestras pertenencias cuando montábamos en el tren para darnos un bañito en las cálidas aguas de aquella Venecia que estaba llena de casas parapetadas en palustres.
Isabela se levantará, doy fe de que lo hará. ¿Costará esfuerzo? Seguro. No se levanta de nuevo un pueblo de la noche al día, por más que sus hijos quisieran que amaneciera más temprano para robarle tiempo al tiempo. Pienso en la recuperación y metida todavía en el pasado, miro la hora y…
“Señora”.- me asalta una niña.- ¿Ud cree que las clases empiecen pronto?
Pienso en mi pequeño porque en circunstancias complicadas lo uso como resguardo, y paso la mano por su cabeza. No quiero lucir demasiado vieja, no quiero parecer demasiado compasiva en primer lugar porque no es compasión lo que busca ella. La escuelita quedó destruida aunque ahora se ve pintada. De sobra sé que el ciclón acabó con gran parte del mobiliario y con toda la base material de estudio. Busco un argumento que la convenza pero sin mentirle. No lo encuentro en mi arsenal de respuestas para todos los casos, incluso los más enrevezados. Mi respuesta queda trunca, nos alcanza el padre.
“Mira.- le dice. Encontré tu muñeca”. Medio rota y enfangada la muñeca capta la atención de mi pequeña amiga.
“Discúlpela, a todo el mundo le pregunta lo mismo. Estaba loca por su pañoleta. Tendrá que esperar un poquito.”
Le hago saber que no hay nada que disculpar y lamento no tener ya la mía. De buena gana se la hubiera dado, si eso me garantizara una sonrisa o al menos su amistad. Los niños son agradecidos, hubiera ganado seguramente cualquiera de las dos cosas o las dos.
Jornada de trabajo voluntario para impulsar la recuperación de Isabela (Foto: Diana Guirola de la Fuente)
