Por: Liz Martínez Vivero
Por primera vez me corresponde celebrar el día de los CDR fuera del barrio que me vio crecer. Las cosas de la vida me han alejado de él, me han situado en uno nuevo, bastante diferente al que me vio llegar con mi pañoleta nueva, con el título de licenciada e inclusive con mi bebé.
De todas formas aquel siempre será mi barrio, aunque me aleje de él casi todos mis mejores recuerdos acontecieron en sus contornos. Recuerdo, por ejemplo, aquel día cuando llegué con el “chivo” “partido” y todo el mundo preguntaba, preocupados en serio, por el envoltorio de esparadrapo que ocupaba el espacio de mi barbilla.
Muy cerca de allí sentí cosquillas en el estómago, por primera vez, y me creí enferma pero no enamorada, porque no sabía el significado real de aquel estado del alma.
En algún momento de mi vida abandoné mi barrio, por unos meses, por un rato… pero me confortaba llegar porque, al menos en Cuba, resulta una casa grande, una familia-cómplice inmensa que se encarga de sacar los trapos sucios y de no concordar en absolutamente todo. Incluso porque sería aburrido si todo fuera tranquilo, si de vez en cuando uno no subiera la música demasiado alto, demasiado mutis si puedes controlar el volumen preferido del de al lado.
Demasiada quietud si no hay fichas de dominó y los consabidos comentarios de pelota que adornan (adornaban) las esquinas del mío.
No sé porqué encuentro que esta crónica deviene el espacio propicio para recordar a Paco, uno que ya no está, quien me sorprendió (de niña) con su oficio de despedidor de duelos. Había algo muy serio en mezclarse con el dolor de los otros, anotar algunos datos y elaborar, casi de memoria, las mejores palabras que se habían dicho de cualquiera.
También recuerdo al Villa ¡claro! Y me enorgullezco en decir que fue mi vecino, que recibía a niños, jóvenes y adultos hambrientos de conocimiento y saciados luego, por su amor multiplicado hacia la historia local. ¡Siempre se aprendía algo nuevo allí cerca! Con relojes de testigos en toda su sala, algunos con la hora de Cuba, otros con la hora de Lisboa, incluso con la de Londres.
De un barrio uno no escapa, podrás mudarte pero donde naciste se queda grabado en la piel, como una marca, como un recuerdo inevitable, que lógicamente, no quieres evitar.
El barrio somos nosotros, lo llevamos dentro y es más que una calle o unas cuantas casas dispuestas de una forma u otra de acuerdo a nuestro gusto o disgusto.












