Por: Liz Martínez Vivero
Es probable que el 10 de octubre de 1868 Carlos Manuel de Céspedes si bien sabía que no sería un asunto tan sencillo, desconociera cuántos años tardaría en concretarse su añoranza libertadora.
No imagino su ansiedad la noche del nueve, cuando se aproximaba la hora que había fijado para un hecho, sin precedentes en la historia patria. Sin dudas cambiaría el curso de las cuestiones nacionales, toda vez que quedaría izado el concepto de la libertad para los esclavos, a quienes como hombres libres invitaría en su ingenio La Demajagua a sumarse en la lucha.
Probablemente no le circundara ni un ápice de incertidumbre. Tal vez la certeza y la convicción fueran más fuertes que la escasez de armas o el desconocimiento de los negros a la hora en punto de usarlas pues hasta entonces el machete solo había sido instrumento de trabajo que le retiraban todas las noches, después de las labores.
Distante de aquellas tierras orientales el que más tarde sería nuestro Héroe Nacional, con solo 15 años escribía:
"De su fuerza y heroica valentía
Tumbas los campos son, y su grandeza
Degrada y mancha horrible cobardía.
Gracias a Dios que ¡al fin con entereza
Rompe Cuba el dogal que la oprimía
Y altiva y libre yergue su cabeza!"
Muchos entendidos en su obra dicen de Martí que fue un ferviente admirador de los próceres de la Guerra Grande. Combatir luego junto a ellos, en la continuidad revolucionaria fue para él, más que un sueño cumplido. Preparó él mismo la del 95 la que llamó Necesaria y fue el guía de la Generación del Centenario que en 1953 asaltaron el Cuartel Moncada para no dejar morir al Apóstol.
Esos mismos que estuvieron presos en Isla de Pinos y regresaron en 1956 para, por fin, en enero del 59 dejar escrito con letras doradas el nuevo destino del Verde Caimán y en definitiva, empezar a poner por obra el sueño de una nueva sociedad permeada por la igualdad de derechos que soñó Céspedes, soñó Martí y soñaron tantos y tantos otros, cuyo sacrificio no fue en vano.
