Por: Liz Martínez Vivero

 

Digamos que se llama Abel, vive en una típica familia, aunque hijo de españoles y en una típica casa, situada en una céntrica esquina encrucijadense. Digamos que forma parte de un hogar humilde, digamos también que es hijo del carpintero del pueblo.

Según reseña el cantautor Silvio Rodríguez en su web oficial de nombre Segunda Cita, la Canción del elegido la compuso mientras recordaba los relatos del Moncada narrados por Haydée Santamaría Cuadrado, quien enaltecía siempre la valentía de aquellos 61 hombres asesinados y entre ellos, por supuesto rememoraba a Abel, su hermano menor.

A él, precisamente, el trovador dedicó una canción, aunque podría narrar la historia de los tantos mártires que murieron con el sueño de ver a Cuba Libre.

Abel fue siempre un lector incansable, al llegar a La Habana tenía una escolaridad de sexto grado y conocimientos rudimentarios de contabilidad y a los pocos meses ya discutía con su primo Fito sobre sistemas de contabilidad por lo que se presentó a los exámenes de ingreso en una escuela de comercio, aprobándolos y, llegó a cursar hasta el tercer año de la carrera de contabilidad.

En la capital tuvo que trabajar para costear sus gastos personales y simultanear su labor con el estudio lo cual hace no sin grandes sacrificios, al igual que todo joven humilde de aquellos años que trataba de abrirse paso en su superación.

Como sus antecesores en la lucha estudió, interpretó y amó profundamente a José Martí. Su profesor en la escuela primaria lo recuerda como alegre ganador de un premio escolar por la mejor composición escrita sobre el Maestro.

No voy a hablar de su muerte, porque en esos casos en que morir es vida celebramos este 20 de octubre su 90 cumpleaños. Digamos que se llama Abel y que su imagen sea la del joven rubio, al que apodaban el polaco, con espejuelos redondos y armadura de carey, con camisa de cuadros que partió el 26 de julio de 1953 con rumbo derecho y paso certero a la inmortalidad.