Por: Liz Martínez Vivero


Desde hace poco tiempo una tendencia, entre los más jóvenes, ha venido in crescendo. La tenencia de prendas de vestir que hacen alusión a banderas de otras latitudes se ha vuelto moda. En licras, pullovers e incluso trajes de baño “izan” con orgullo inflado los estandartes. Algunos no por lo que pueda representar simbólicamente hablando, antes bien, porque otros lo llevan sería un desacato tremendísimo no ir con los nuevos tiempos, al menos es la postura que más defienden.

Un joven que no quiso decir su nombre declaró a esta reportera que si encontrara prendas, acordes a su bolsillo, con la bandera cubana la usaría del mismo modo. “No es nada antipatriótico, remarca. Es la moda”.

Si yo saliera ahora mismo de una caverna o de algún tipo de reclusión diría sin dudas, que va a una fiesta de disfraces. Va disfrazado de bandera.

En su atuendo específico una norteamericana flamea orgullosa en su short y en sus chancletas, en el cuello, un collar con la de la estrella solitaria. ¿Extraña combinación, ¿no cree?

Me gustaría enterarme de si esta circunstancia se repite en otros países. Algunas preguntas a mis amigos, en la red de redes, me permiten comprobar lo que suponía de antemano.

Desde la universidad de Barcelona, la colega Adianez Márquez me responde: es una tendencia que no se sustenta ni se ampara en ninguna conveniencia internacional. Al menos aquí difícilmente como no sea en un evento deportivo puedes ver alguno ataviado con su bandera, menos todavía con la de otro país.

En el caso que menciona, cuando ocurre algún evento deportivo, es un poco más entendible. A mi modo de ver, representa en ese contexto específico la defensa- público y atleta en el mismo bando- de los colores patrios, de la enseña nacional sea cual fuere.

No censuro a los madrilistas con pullovers de Ronaldo ni a los que llevan el 10 de Messi con orgullo culé en sus dorsales barcelonistas. Más allá de la sana competencia no hubo nada de malo en aquellos pullovers naranjas de Villa Clara o azules de Industriales que se hacían acompañar por gorras y llenaban de colorido cada estadio de pelota en el verde caimán.

Hay modas que matan, estar a la moda no tiene por qué ser una meta o un anhelo tan profundo. De hecho y como nos recordara hace poco La Colmena TV “quien lleva mucho adentro necesita poco fuera”.

Pero la moda también es comodidad sin ofender a nadie con la manera en que llevamos el vestuario. Desde la época de las cavernas el respeto al vecino sí ha sido una tendencia, si bien no siempre cumplida al menos sí socialmente aprobada.

No estoy diciendo que vestirse con una bandera sea lo peor del mundo pero, en la mayoría de los casos que pude comprobar, resultan personas (perdón de quien se ofenda) que buscan como un superobjetivo de vida llamar la atención, ser puntos de referencia aunque sea para una mala perspectiva, aunque sea para punto de análisis como el de este comentario.

En Estados Unidos, por solo citar un ejemplo, nadie usa esas prendas que, en todo caso, deterioran la imagen de un símbolo cargado también de historia y de sangre derramada. Parecieran confeccionadas entonces para el público cubano, lástima que la mayoría de quienes portan la bandera norteamericana ni siquiera conozcan cuántas estrellas posee y a qué alude esa cifra específica.

Los disfrazados de bandera no son malas personas. Desde aquí no lanzo misiles contra nadie pero sería menester vestirnos un poquito de historia antes de permutar credos, caracteres y peor aún, las convicciones.