Por: Liz Martínez Vivero

A dos puertas de la mía mi vecino se acuesta escuchando la radio. No sintoniza ninguna emisora en específico pero Morfeo demora si la magia de las ondas hertzianas no inunda su lecho. “Es una costumbre, heredada de mi padre”.- me comentó cuando pregunté el origen de tan particular manera de conciliar el sueño.

Doce del mediodía y la frecuencia sintonizada en la acera de enfrente es motivo recurrente de disputa. Elena y su hermana afilan sus cañones, cada una procurando situar las agujas en la emisora de su preferencia.

Escucho infamias, incompatibles conmigo, referidas a las mujeres y el deporte, que si no es hora de escuchar pelota, “ya te enteras luego por el noticiero, ahora tengo que sintonizar Al momento”.

“¿Para qué?, al final no compras nada”, recrimina la apasionada del béisbol.

Y es que la radio logra todo eso, independientemente de nuevas tecnologías o de la irrupción en 1950 de su más acérrima rival: la televisión. Cierto que ella tiene las imágenes, al menos explícitamente, pero nada comparable con las sugerencias al oyente, con los retratos diferenciados particularmente por aquel que escucha por ejemplo: un dramatizado.

El papel del locutor entonces reviste gran importancia. La candidez de una voz llega para informar, orientar, acompañar a los radioescuchas desde cualquier recóndito paraje.

Magos los que hacen posible la realidad de la radio. Pensemos en la historia de Tranquilina Iguarán, la abuela de Gabriel García Márquez, que no por capricho nunca se desvestía mientras escuchaba la “caja mágica”, aseguraba que allí detrás había alguien escondido. Locutores, operadores y realizadores son responsables de la complicidad.

Este día se celebra el Día del Locutor, en homenaje a la realización en La Habana del segundo Congreso Interamericano de Locutores este propio día de 1954. A quienes ejecutan el arte de la palabra hablada muchas felicidades.