Por: Liz Martínez Vivero
Nuestra y de las flores, la conocimos como Celia y van 38 años desde que están mustios los jardines cubanos porque les falta, físicamente, una de sus predilectas.
Los cuerpos, como se sabe, no se adaptan a despedidas y en el autoengaño consciente de que no está, en su caso también la muerte es semilla. Porque no es verdad, cuando se ha cumplido bien. Incluso, me da por pensar en ella muchas veces todos los días, sobre todo, cuando releo aquella frase martiana de la mujer culta y virtuosa, la que unge la obra con la miel de su cariño y entonces, cualquier cosa resulta invencible.
No hay que temer si está su ejemplo entre nosotros, hay que temer en cualquier caso: si es que dejamos de pensar en hacerlo todo de la mejor manera posible, si ponemos manos a la obra resulta una garantía que jamás nos dejará de alumbrar su ternura.
Porque la realidad es como es. Muchos que no la conocimos seguimos creyendo en lo que nos dejó, otros la conocieron, al menos en este recóndito paraje, a través de las cartas que solícita siempre respondió en medio de tantísimas ocupaciones que no opacaban su dulzura, ni la pureza de sus ademanes. ¿Cómo cabía tanto amor en su pecho? A ciencia cierta no lo sabremos ya, pero que nos quede su recuerdo, acaso sempiterno por ser de pétalo y acero.












