Por: Liz Martínez Vivero
El viernes 18 de mayo, en el horario del mediodía, nosotros casi iniciábamos viaje a la capital del país. Las primeras horas del recorrido insistentemente la lluvia se precipitaba sobre el cristal de la ventana. Mi hijo, que siempre sonríe ante la lluvia, no dejaba de mirar hacia fuera.
Cuando, a las seis de la tarde, llegamos a nuestro destino... ya todo había ocurrido.
(…)
Mi primer instinto, anti periodístico por cierto, fue alejarme tanto como pudiera de los hechos. Puesto que iba a estar fuera de ciberespacio durante el fin de semana la oportunidad de “no mantenerme informada” se pintaba sola.
Sin embargo, llegó un momento en que mi alma periodista no pudo aguantar más. Encendí la televisión en el momento del noticiero y ahí comenzó todo. Supe pormenores del accidente aéreo del pasado viernes y, a la distancia tan cercana que propicia la televisión, tuve cerquita los rostros de los familiares de las víctimas.
(..)
Ayer me topé con las fotos de Alexia, la más joven de las víctimas.
Aquí en mi lado izquierdo intenté suponer el último pensamiento de las madres que tenían a sus hijos, allí al lado, ante lo inminente ya de la muerte. ¿Existirá tiempo para pensar justo allí, en el último minuto?
Con atraso imperdonable y más lacerante escuché las declaraciones de la madre de Grettel Landrove antes de su deceso, cuando las posibilidades de que viviera eran esas que la vida proporciona.
Ahora, pienso en Emiley, la madre y en Maylén, la hija... y no dejo de pensar.
(..)
No me quedan palabras, no sé qué escribir… no hay ningún porqué de consuelo… será porque el dolor ajeno, por esta vez, es de cada uno de nosotros...
Así me deja la muerte imprevista, sin argumentos. Simplemente, se me amontonan todos los rostros que he visto, los que he dejado de ver por culpa de la muerte y en paz descansen, es lo único que se me ocurre.
