Por Alfredo García Pimentel

Por el rosario de cayos que le sirven de parapeto, Isabela de Sagua presume de sus aguas tranquilas. Puerto seguro y hospitalario, la llamada "Venecia de Cuba" tiene también gente que te quiere porque sí.

Y por eso, porque mar y pueblo son caricia, el visitante repite presencia en el justo lugar donde el río Sagua se despoja de sus meandros y se hace Atlántico. Por eso, el que nace o vive en la tierra que los sagüeros le han ganado al mar, no olvida jamás los olores que regala la península, o esa brisa de tarde que acompaña, cual abrazo tierno, los mejores ocasos. Por eso, un chispazo de suelo que se resiste a las aguas es Isabela, la serena comarca de pescadores que no creen en huracanes.

Porque, aunque todos lo saben, nadie adivinaría que por aquí pasaron poderosos temporales. Todos dejaron huella, con vientos y mareas terribles. Todos se recuerdan, entre otras cosas, porque intentaron amedrentar a esta gente hecha a la medida de su mar... y no lo lograron.

Isabela de Sagua, que renace sin descanso tras la ventisca, vive también de su nostalgia: de los hijos que no están, del puerto tan tranquilo, de un Nikolis que se oxida en el horizonte. Isabela, que convierte cada golpe en sonrisa, resucita en sus amaneceres y se ofrece, renovada, a propios y extraños: con su playa, su peculiar cocina marinada y con su gente, corazón mismo de este lugar cubano.

Aguas tranquilas, puerto seguro, gente buena, mariscos, renacimientos y serenidad: eso es Isabela de Sagua.