Por Alfredo García Pimentel

Dueño de una silueta imponente. Manantial de aromas marinadas que arrebatan suspiros. Dador de comodidades y de atenciones que muchos extrañan. Cualquiera diría que los imposibles no existen para este querido edificio isabelino, a medio andar entre la tradición constructiva de la Cuba primitiva y la estatura de los gigantescos palacios de leyenda. Si la vida fuera una red social, al Caney de Isabela todos le darían Me Gusta.

Apartado del bullicio playero que acompasa la vida en Isabela de Sagua, el famoso restaurante de mariscos parece un destino hecho a la medida de los más conservadores. Tranquilo, confortable, familiar... y por si fuera poco, con dignidad gourmet en eso de cocinar productos del mar que le baña los cimientos. El Caney guarda con celo su corona en la gastronomía isabelina, y lo hace respetuoso de su tradición, como también de los sabores modernos que buscan sus convidados de cada día.

Sin embargo, no todos los tiempos resultaron benevolentes con el icónico lugar. A veces, escaseó el sello que le distingue de sus iguales; otras, la naturaleza quiso poner fin a su vida y utilidad. No obstante, como Isabela misma, el Caney se levantó... y hoy brinda a los que llegan hasta su imponente silueta, un sitio de deleite familiar y el amparo de una playa que es caricia. También, la garantía de que habrá suspiros, gustos y apetitos complacidos... y muchos Me Gusta.