Por Alfredo García Pimentel


Dicen los apetitos más voraces... y los paladares más refinados, que nada sabe mejor que un bocado que se consume en su lugar de origen. Nada se compara con la explosión de sabores de una fruta tropical cuando el Sol de esas zonas del planeta nos calienta directamente... o, con la vorágine de recuerdos y sensaciones que despierta el darse un banquete de mariscos y pescado con vista al mar.

En Isabela de Sagua, el lujo de una gastronomía marinada como ninguna se ofrece en cada recodo. Allí, como distinción, aparecen a la orilla de la carretera y de frente al Atlántico, unos restaurantes en pilotes... unos remansos para el estómago vacío, que todos llaman "las casitas de Isabela", "los paladares". Lugares a los que, sin importar su nombre, se va a disfrutar de una comida hecha "a la isabelina".



Se trata de sitios que, si el mar, los congrejos o su gente no resultaran símbolos suficientes, pudieran iconizar a Isabela de Sagua. Trabajadores por cuenta propia rigen sus destinos... y triunfan, a base de excelente cocina, buena atención y de esa irresistible combinación de mariscos y ambiente costero. Solo los altos precios de sus ofertas impiden que siempre estén llenos de bocas ávidas de un pedazo de mar.

No es de extrañar, entonces, que isabelinos, sagüeros, villaclareños, cubanos o moradores del mundo que alguna vez los visitaron, no repitan presencia a la primera oportunidad... o añoren el regreso a estas rústicas construcciones de pilotes, piso de madera y techo de guano, donde se dieron un banquete con vista al mar.