Por Alfredo García Pimentel

Sin ostentación nació, en 1929. Vio la luz con afán renovador, porque el viejo edificio de la Aduana llevaba muchos años custodiando la costa de Isabela de Sagua y necesitaba relevo.

Dos pisos tenía, de claros aires neoclásicos. Fachada de 3 arcos en el primer nivel, para que entraran y salieran sin tropiezos comerciantes y mercancías. La planta alta, con 5 ventanales al frente y con el letrero que denunciaba el propósito del edificio. En la línea de costa, la Aduana enamoraba la vista y daba la certeza de que no habría ciclón capaz de doblegar a la institución que daba vitalidad al puerto de la Isabela.

Hoy, el desuso de la rada y de su utilidad comercial repercuten en la Aduana isabelina, convertida desde hace años en una bella ruina de lo que fue. Antes, varios usos tuvo el inmueble, hasta que el peligro de sucumbir al tiempo resultó inminente e innegable.

 

 



Ahora se le ve ahí, todavía orgulloso de su origen renovador y discreto, custodiando el malecón de Isabela de Sagua. Ahí se alza este Partenón caribeño, ofreciendo también a los románticos una pincelada de ángulos rectos y sombras que se filtran en el horizonte de luz.

 

 



Sin ostentación nació y así vive el edificio de la Aduana en Isabela de Sagua, convertido ya en el Partenón isabelino.

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