Por: Maylen Paz Treto
La espontaneidad ha caracterizado al cubano de todos los tiempos, y lo ha hecho en todos los sentidos.
Si de comunicación se trata es siempre juzgado, incluso, se juzga a sí mismo.
Cuando se habla de censura, no hay mayor experto que ese individuo (generalmente adulto mayor) que te escucha conversar con un amigo en la calle y, ante el tan cotidiano ¿qué bola?, se escalofría, se transforma, y dice: “¡qué vulgaridad!”, con doble signo de exclamación si se escucha de boca de una mujer. Eso acompañado de la tan trillada frase: “¡Verdad que la juventud está perdida!”.
Antes de juzgar tan deliberadamente es necesario acudir al diccionario y releer el significado del término vulgaridad, pero, además, recordar que nuestro idioma fue el resultado de la transformación gradual de un latín vulgar. Los cantares de gesta estaban escritos en esa lengua vulgar, y por eso eran populares.
Nuestra lengua se revitalizó gracias a la revolución cultural que instauró Alfonso X. Un gran número de obras de elevada cultura fueron redactadas en nuestro idioma, rechazado por considerarse prosaico en el propio siglo XV. Una de las labores más aplaudibles fue, de Antonio de Nebrija, el primer tratado de gramática de la lengua española.
Hablar del idioma español o de la lengua española para muchos, salvando las distancias entre uno u otro término, asoma siempre dicotomías también por parte de los más avezados en la materia, nociones que se comparten, algunas que se completan y están las que antagonizan.
Normativas, prescripciones, constantes cambios, han marcado la historia de nuestro español, no solo desde el punto de vista del sustantivo que lo modifica y lo determina, sino desde su nombre mismo, si recordamos las polémicas con el tan sonado castellano.
Lo cierto es que lo primero que hay que atender es que existen diferentes factores que influyen a la hora de estudiar una situación comunicativa determinada, que no son más que las variables contextuales, es decir, hay que tener en cuenta una serie de condicionantes del modo en que una lengua es usada en un contexto concreto.
Siempre recurre a mi mente el verso de nuestro apóstol: “arte soy entre las artes, en los montes, montes soy”. Inadecuado y vulgar sería que al dirigirme a alguien no tuviera en cuenta su status, su edad, el nivel de afinidad que poseemos, lo sería también que no me adecue al tipo de vía que elija, ya sea oral u escrita, con las particularidades que posee cada una, o peor, que no me ciña a los usos y costumbres que predominan en la sociedad.
Lo importante no es reprimir los nuevos usos, lo importante es escucharlos en el momento y lugar adecuados, con el grado de formalidad que requiera el acto comunicativo.
La Real Academia de la Lengua prescribe en los diccionarios el uso, hace norma a partir de los recursos lingüísticos que, de actos de habla, pasan a arraigarse en las comunidades lingüísticas. No es de extrañar entonces que lleguen a instaurarse en un futuro sustantivos que, como “maleca”, feminicen al malecón o que hasta los gerundios tuviesen género, como en el caso de “bajanda”.
Cervantes creo que no se horrorizaría con la rica mezcla que posee la variante cubana del español, somos un rico ajiaco en materia cultural y de eso no se salvó el idioma, si se molesta le pregunto con espontaneidad, y con la admiración que le profeso: ¿qué bolá contigo Cervantes?












