Por: Maylen Paz Treto
Que su nombre represente a la Casa de Cultura local no es homenaje suficiente para un hijo, que aunque se alejó joven, dio de qué hablar de Sagua la Grande, e incluso de Cuba, en el panorama musical internacional de mediados del siglo XX.
Es que un acercamiento a la vida y obra de Enrique González Mántici impresiona por la intensidad de su labor en pro de crear en las masas sensibilidad hacia la música culta en una feliz mezcla con la música popular, porque, con uno u otro calificativo, era su gran pasión.
Sagua la Grande lo vio partir hacia La Habana con solo 9 años llevando consigo las instrucciones elementales en solfeo, piano y violín, que le valieron para ingresar en varios conservatorios que perfilaron su vocación. Una vocación que se mostró indiscutible cuando, con solo 10 años, alcanzó su primera medalla de oro acompañado del violín.
Fue desde ese entonces que se comenzó a mencionar su nombre en el prestigioso mundo de la música de conciertos, al que pocas veces aspiraban jóvenes que ejercían a la vez oficios secundarios para paliar la difícil situación económica.
La continuidad de sus estudios en la universidad como ingeniero y algunas becas que le fueron otorgadas en el extranjero quedaron truncas en una época tan convulsa para Cuba como la de los años 30. Unas veces porque la economía no lo acompañaba y otras porque el inmiscuirse en el efervescente movimiento estudiantil de la etapa le propinó algunos detenimientos.
El estuche de su violín transportó no solo el preciado instrumento sino petardos y fusiles desarmados que contribuirían con el derrocamiento de Gerardo Machado.
La composición y la orquestación estuvieron en complicidad con la lucha revolucionaria. La orquesta sinfónica, el movimiento estudiantil, la supervivencia, parecían marcar el vertiginoso tiempo de su vida como en una pieza musical.
Fundó la Orquesta Riverside, fue director de la orquesta de la emisora radial Mil Diez, fundó el Instituto Nacional de Música, llegó a ser director musical del circuito de radioemisoras CMQ, fue director musical de la Compañía de Ballet de Alicia Alonso. Pero, al unísono, militó en el Partido Socialista Popular, lo que provocó su salida del país hacia Rusia producto del enfrentamiento y las persecuciones durante el régimen de Batista.
Con respecto a su vinculación con el Partido Socialista Popular declaró a la Revista Cuba “ (…) es donde encuentro lo que había estaba buscando toda mi vida. El partido me hizo, me creó un carácter, me limó y yo, diría al rojo vivo. Comprendí allí qué era la clase obrera, qué es un reaccionario, qué es la explotación, qué era yo mismo. Es allí donde tuve la respuesta de todo lo que había ocurrido en mi vida.”
Una vez en Rusia no se detuvo, ingresó en el Conservatorio Shaiskosvki donde alcanzó resultados destacados al frente de orquestas afamadas y se consagró como el primer cubano en la dirección de una orquesta sinfónica en Europa.
Llegó a poseer tal renombre internacional que el periódico norteamericano Christian Monitor publicó en un artículo: “Enrique González Mántici no tiene reparos para expresar sus sentimientos comunistas y paradójicamente varias compañías norteamericanas patrocinan programas en los que labora su conjunto musical, quizás el más competente de Cuba”.
De regreso a Cuba funda la Orquesta de Aire dedicada a la música sinfónica para Radio, también fue director de la Sinfónica Nacional.
Pero no es el nombre de cada agrupación que dirigió o a la que perteneció, o los grandes lauros que recibió lo que más agradece Cuba a Enrique González Mántici, sino el cambio sustancial que introdujo a la orquestación que habitualmente realizaban las orquestas para radioemisoras al estructurar programas de concierto.
A 107 años de su nacimiento, Enrique González Mántici parece seguir batuta en mano frente a una herencia musical de alto valor estético que dejó a la música cubana de todos los tiempos.












