Por: Maylen Paz Treto



Tres meses fue el breve lapso de tiempo que relacionó en vida a quienes la muerte uniría para siempre.

De Panchito, el aplomo y la candidez. De Maceo, el ímpetu irrefrenable y la pasión desmedida.

Ya a Panchito le venía por casta la excepcionalidad de Gómez, quien lo confiara en Nueva York a la tutela de José Martí, convencido de que forjaría un hombre de bien. Pero la complicidad en el proceso revolucionario tras los viajes a Tampa, Cayo Hueso, Costa Rica, Panamá y Jamaica para sumar adeptos y pertrechos al proceso revolucionario que se estaba gestando en Cuba, lo hizo querer inmiscuirse al punto de embarcar  la expedición del vapor Three Friends de regreso a su tierra.

Ya Maceo cargaba con veintiuna heridas de guerra y con el mérito de haber librado combates excepcionales. Había propiciado la continuidad de las luchas tras la trascendental Protesta de Baraguá. Estaba inmerso en la campaña de invasión que estableciera en paralelo con Gómez en diferentes espacios geográficos de Cuba. Revolucionaba el Occidente a su paso por cada región, de ahí que las tropas españolas se ensañaran en detenerlo. La constatarte movilidad se hizo su modo de vida.

Ese septiembre de 1896, en medio de la campaña invasora, llegó Panchito Gómez a Cuba formando parte del Ejército Libertador para incorporarse a las tropas del Mayor General Antonio Maceo como ayudante.

Maceo lo recibió sin la condescendencia que podría suponer la llegada a sus tropas del hijo de Máximo Gómez, sabiendo que nunca había participado en una acción armada por sus escasos 20 años de vida.

La sorpresa fue grata, a tan solo días de su incorporación asistió a combates como Montezuelo y Tumbas de Estorino y ya en Ceja del Negro disparó al enemigo sin temor. Galalón, El Rubí y El Rosario lo hicieron ser ascendido rápidamente a capitán.

Hombro con hombro, fusil con fusil, machete con machete, estuvieron Maceo y Panchito enfrentando al enemigo. Lograron cruzar la trocha de Mariel a Majana. La misión era entonces reunirse con Gómez en Las Villas.

Pocos eran los momentos de descanso, el enemigo asechaba constantemente. Ese 7 de diciembre en San Pedro fueron sorprendidos, como otras tantas veces, por una emboscada de cerca de 490 soldados.

Como un rayo se tiró Maceo de la hamaca y ensilló su caballo al unísono que incitó a los demás a combatir gritando “¡Muchachos: vamos a la carga, que les voy a enseñar a dar machete!”.

Una bala disoció las tropas mambisas. Dio en el rostro de Maceo, quien al instante se desplomó de su caballo. Ya Panchito había recibido una herida en un brazo y estaba desarmado.  Entre los tiros y la exacerbación del combate había perdido de vista a su jefe y los gritos de sus compañeros lo pusieron al tanto de lo ocurrido. Su reacción fue salir corriendo, narran que vociferaba: “¿Dónde está el General?…¡Quiero morir con él!”

El enemigo no cesaba y las tropas mambisas, desorientadas y angustiadas se fueron dispersando. Más de uno intentó detener a Panchito y alejarlo del cadáver, pero él se había empeñado en rescatar el cuerpo.

 En el intento una bala le atravesó una pierna y lo dejó malherido. Luego lo remataron con un machetazo. Panchito cayó sobre Maceo. En su empeño en salvarlo, aún después de muerto, cayó con él, como deseaba, murió con él.

123 años nos separan de este suceso aún doloroso para quienes sienten por Cuba y por la Revolución. Hombres de la talla de Maceo y Panchito, nos hacer recordar qué es el coraje y qué es la fidelidad.