Por: Alfredo García Pimentel
Uno nunca olvida los grandes encuentros. Por eso, siempre tendré presente el día en que la vi por primera vez.
Ya era yo un voraz observador de la belleza, pero lo que ella me regaló… lo había visto en pocas. Ya era ella una esbelta dama, de un raro atractivo, de una coquetería inusual. Ella era perfecta a su manera… y yo, amante desarraigado y sin fronteras, me enamoré.
Me enamoré de sus anchas caderas y del hormigueo que siempre me produjo desandar sus caminos, salpicados de cariño. Me enamoré, debo también decirlo, de esos defectos que poco a poco le descubrí; de esas manchas que no le faltan ni al Sol más deslumbrante. Pero me enamoré y quiero creer que ella también me quiere, que anhela mis miradas, mis piropos, mis caricias. Que tampoco puede vivir sin esa crítica cariñosa que ocasionalmente le hago.
Uno nunca olvida los grandes encuentros… y el nuestro fue fulminante. Desde ese día la tengo en mis sueños y en mis manos, dueña de cada idea, fin de cada obra, exclusiva tenente de mis ansias.
Y en mi afán de buscar su sonrisa, de seguir desandando su ancha geografía y de hacer eterno el hormigueo que me regala cada vez que la miro, pospongo la posible despedida, tan inolvidable como aquel encontronazo inicial.
Yo era un desarraigado compulsivo, hasta que ella se adueñó de mí: Sagua la Grande, la bella muchacha de 207 años, la de anchas calles, la del sinuoso río, la de gente alegre, me hizo suyo desde el primer día.












