Por: Liuva Sarduy González
Por estos días en que La Habana y las capitales provinciales cobran vida gracias a los libros se me antoja recordar los años en que Sagua la Grande fue escenario del gran evento cultural que siempre supone la Feria Internacional del Libro.
En el 2002, por disposición del Comandante en Jefe Fidel Castro, Sagua la Grande formó parte del jolgorio de las letras. Y había que ver a las personas desbordantes de alegría detrás de títulos como “Corazón”, de Edmundo de Amicis y “Había una vez”, de Herminio Almendros.
Es imposible describir la algarabía de los sagüeros detrás de títulos poco promocionados y vendidos en nuestra modesta librería La Edad de Oro. Fue la oportunidad de comprar los volúmenes de Daniel Chavarría, que nunca faltaban y que fueron, tras años de acostumbrados acercamientos a su rica obra, de los más demandados.
Yo, primero asidua lectora y rebuscadora entre títulos novedosos y luego; periodista de la Feria, vivía días de pleno disfrute. La fiesta de los libros era la oportunidad ineludible de encontrarse con alguno de esos monstruos de la escena o las letras en cualquiera de las anchas calles de Sagua la Grande.
Gracias a la Feria entrevisté a tres grandes de Cuba: José Antonio Rodríguez, Asseneth Rodríguez y Haydee Arteaga.
Fue una suerte la Feria. Allí confluyeron, en diversos espacios culturales, trovadores, faranduleros, noctámbulos de una Sagua ávida de cultura, de confrontación, de vida. Pero la Feria se fue. Con ella las entrevistas, las tertulias en El Paradiso, en los bajos del Hotel Sagua, en el centro cultural Wifredo Lam; en la ciudad toda.
Solo nostalgias quedan de la Feria del libro. Y unos ejemplares del modesto diario que cada mañana nos disputábamos, para leer las valoraciones de Maykel González, Adrián Quintero y Gisel Morales acerca de la jornada anterior. Uno de esos me encontré hace varios días. Viejo, amarillo y ajado descansa entre mis más preciados tesoros. De pronto se me ocurrió pensar que a Sagua la Grande le hace falta una Feria. Para que renazca el ángel de la lectura, que tan bien confraternizó con el Undoso en aquellos años en que literatura, arte y cultura andaban bien sincronizados por estas tierras.
