Gerardo durante la celebración por el Día de la Prensa en Villa Clara. (Foto: Diana Guirola)

 

Por: Liuva Sarduy González

 

Gerardo Hernández Nordelo me abrazó. Y sentí que lo hacía, con él, la Patria.

No hay cubano que no haya sentido como suya la causa de Los Cinco, que por muchos años centró una campaña que terminó en victoria. Gerardo, como el más joven de ellos, el más maltratado, el que dejó atrás una impresionante historia de amor, fue prácticamente el centro de atención de aquellos cubanos valerosos que impresionaron a hombres y mujeres de todas las edades con su convicción de amor a la tierra patria.

Tenía tantas cosas que decirle, tantas preguntas que hacerle… pero no hizo falta. En ese pequeño, sincero, agradecido abrazo sentí cómo, con la vuelta a la tierra, luego de conformar una bella familia que sobrepasa las fronteras de un hogar, al héroe, al hombre afable, se le desprenden, como hojas muertas, los días de encierro, los tristes recuerdos de amigos fortuitos, historias de gente con la que convivió durante más de una década.

Cuánto puede un abrazo que descubrí las oquedades de un hueco, que a pesar de las huellas, se va llenando con las alegrías de los coterráneos, con la palabra sincera, espontánea.

Y en el universal gesto conocí, en menos de un minuto, del agradecimiento a quienes batallaron por su regreso, a los que oraron por la devolución de una felicidad trunca, a los niños, que no entienden de cercos o de leyes unilaterales pero sí de libertad, de alegría, de sueños.

Entonces comprendí que en Gerardo, como en sus hermanos de lucha, no hubo margen para claudicar.

Y después de aquel abrazo, me siento protagonista de la historia de estos días. Será, tal vez, porque su temple de héroe le ha crecido tanto que se le desborda, para bien, y contagia a todo el que se le cruce.

Gerardo me abrazó y yo hasta olvidé aquellas pequeñas preguntas. Olvidé al pajarito con que alguna vez nos despertó la esperanza a pesar del encierro.

Olvidé hasta la música a mi alrededor, al resto de la gente. Gerardo me abrazó y con él, lo hizo la patria. Por eso las gracias. Y porque aquí, en medio del pecho me está creciendo un poco de esa heroicidad que se le desprende del pecho y que me demuestra que sí, que aun en el siglo XXI, existen los héroes.