Por: Liuva Sarduy González
¿¡Quién me iba a decir a mí, que con menos de 30 años iba a tener enfrente a uno de los más genuinos representantes de las tablas cubanas!?
Así me decía una y otra vez aquel día en que, entre penumbras y los ya evidentes signos de deterioro del Hotel Sagua, conversé, por más de una hora con José Antonio Rodríguez.
¿Quién me iba a decir a mí que iba a entrevistar a uno de los grandes de Cuba? Más de una vez se lo repetí y él, con esa modestia que le caracteriza, me miraba y sonreía. Y me dio una entrevista extensa, extensísima, que, lamentablemente, se perdió en el ajetreo de la cotidianidad.
Habló largo, pausadamente de sus avatares en el teatro, de sus incursiones en la televisión, de su constante aprendizaje en la interpretación y de cómo, a pesar de su avanzada edad, prefería a los jóvenes, por la frescura que desprenden.

La Feria del libro, evento que trajo a este grande de las tablas, me deparaba otras sorpresas ese mismo año, 2 mil 9. Gracias a ello conversé también con Asseneth Rodríguez, una mujer que murió casi en el anonimato y a quien le debemos un homenaje de esos buenos. La sagüera, más explícita, habló largo de sus años en La Habana, de lo difícil de la escena y de su amor por la tierra natal. Y me dejó una enseñanza que hasta hoy me acompaña. La grandeza no cree en altanerías, en envanecimientos.
José Antonio y Asseneth ya no están. De ellos solo queda, en el recuerdo, sus magistrales interpretaciones que una y otra vez repetirá la Televisión cubana. Dentro de unos años serán leyenda y yo guardaré, como tesoros, aquellos momentos en que la vida y mi profesión me convirtieron en entrevistadora de dos grandes de la escena, aunque todavía no me lo crea.












