Por: Liuva Sarduy Domínguez


Dicen que cuando nació José Luis Robau sonaban disparos de cañón en Sagua la Grande. Bernardina Domínguez, la partera, predijo que ese niño sería General. Y así fue.

Esa mujer, que trajo al mundo a los sagüeros más notables del siglo XIX, tiene, aun hoy, la suerte de ser considerada la comadrona de los hijos de esta tierra.

Más de 20 años ejerció la profesión, que fue como oficio innato, pues solo en el ocaso de su carrera consiguió el título oficial de matrona. Un poco de suerte y mucha habilidad confluyeron en esta cienfueguera devenida sagüera por amor y vocación. Aseguraba que jamás había tocado un libro, que desconocía totalmente el interior del ser humano, pero trajo al mundo a hijos ilustres de la Villa del Undoso al estilo del urólogo Joaquín Albarrán.

Bernarda siempre se acompañaba del Padre Lirola. Tanto es así que este dúo de vida era reconocido como carta de nacimiento entre los sagüeros que iban a vivir a otros países.

Hija de esclavos, Bernarda quedó ciega de un ojo debido a la progresión de su glaucoma. En los primeros años del siglo XX falleció, en la ciudad que la acogió como suya, y en la que tantos hijos ilustres trajo al mundo.