Por: Liuva Sarduy González
De las múltiples leyendas que perviven en el imaginario popular de Sagua la Grande trasciende hasta nuestros días la maldición de la gitana.
Nadie sabe cuándo sucedió ni quién es la protagonista aunque todos aseguran que ocurrió en uno de esos días de carnaval.
En fechas de celebraciones populares, la Villa del Undoso era un hervidero humano. Todos se volcaban a las calles a refrenar ese ímpetu de jolgorio que contagiaba a grandes y chicos. No quedaba un alma en casa.
En medio de las fiestas, una gitana apareció por el pueblo. Venía sedienta, cansada, hambrienta. Solo solicitaba un vaso de agua.
Los pobladores la ignoraron. Unos por el desenfreno de la parranda, otros por la pésima reputación que acompañaba a los de su especie.
Dicen que la mujer tocó en cada casa del pueblo. La mayoría estaban, evidentemente, vacías. En las pocas donde encontró ancianos o mujeres solas le negaron el vital líquido. Lo cierto es que la pobre mujer recorrió Sagua la Grande sin que pudiera saciar alguna de sus necesidades.
A la salida de la ciudad solo hizo una cosa: maldecir.
Desde aquel día, en Sagua la Grande no habría una fiesta o celebración que no estuviera acompañada por el agua, esa que le negaron en esta ciudad. La protagonista de esta historia desapareció tal como vino pero su condena ha perdurado en el municipio.
Desconozco cuánto de cierto hay en esta leyenda pero sí doy fe de que, a más de 200 años de la fundación de Sagua la Grande, no hay festejo que no sea bendecido por las lluvias. Tal es así que en días de intensa sequía más de un bromista ha convocado a un festejo cualquiera, para que la lluvia esquiva regrese a la Villa del Undoso, tierra de aguas que una vez negó el líquido a una gitana cuya maldición hoy pesa sobre sus hijos.
