Por: Liuva Sarduy González
Eran los días finales de 1958. Santa Clara era un hervidero de batistianos con la moral en el piso, tratando de salvar las hilachas de dictadura que aun le quedaban a Batista.
El revuelo era evidente. El Che y sus hombres daban los últimos aldabonazos a un régimen despiadado. Todo el mundo quería ayudar.
Ya yo había hecho lo mío. Era organizadora de una célula del Movimiento 26 de Julio con muy buenos resultados. Por aquella fecha estaba “quemada”, como se decía.
Pero aquel día salí de casa con una misión especial, única. Encontrar al Che Guevara. No conocía ni por asomo al líder pero, en cuanto me lo topé en una esquina lo identifiqué. Lo vi con esa presteza única. La mirada apuntando a no sé qué parte del mundo. El brazo en cabestrillo y muy atareado. Desde ese momento no me le despegué. Ni siquiera cuando supo que acababan de matar a uno de sus más valerosos soldados. Mucho menos cuando celebramos la victoria. El tren caía y yo ahí, apretada a su cuello como si en eso me fuera la vida…
De pronto abrí los ojos y alguien me dijo: Te dormiste en la parte más bonita de la historia. Harry Villegas, Pombo, acaba de contar cómo se conocieron El Che y Aleida March en medio de la Batalla de Santa Clara.
No necesité decir nada. No tuve que escuchar más.
Aquel día, en sueños, supe cómo se enamora un héroe.












