Por: Liuva Sarduy González
Lo mío con Camilo era tremendo en la infancia.
Cada vez que llegaba octubre tenía la misión de recordarlo todos los días. Así era hasta el 28, en que, en ocasión de su desaparición física íbamos todos a echar flores al río Sagua.
Ese día amanecía yo en un puro llanto. Lloraba por Camilo Cienfuegos, porque no pude vivir antes para conocer al hombre que, según decían, tenía una eterna sonrisa, una broma para todos.
Gracias a ello, tengo casi 10 ejemplares de ese recopilatorio de anécdotas de William Gálvez, “Camilo Cienfuegos. El hombre de mil anécdotas”. En aquellos años decía que para cuando apareciera, tirarlos al mar uno por uno. Ya no me harían falta las anécdotas sobre Camilo si él vendría en persona a contarlas, a desperdigar su amor por esa Cuba que todavía lo llora.
En compensación he querido parecerme cada día a ese Camilo humano. Por eso me acompañan la risa, el buen chiste. Y no me separo de los buenos sentimientos ni cuando alguien intenta desacreditarme, atacarme. Eso, a mi juicio, es parecerme un poco al Comandante de la eterna juventud. Y no por ello dejo de ser consecuente con el momento en que vivo, de trabajar, de amar lo que hago.
Así era Camilo en mis años de la Primaria. Así es hoy, cuando hace ya casi 60 años de su desaparición en el mar y no espero por él, salgo a buscarlo entre la gente y lo veo ahí, hecho pueblo, hecho Cuba.












