Entre mis grandes terrores de la infancia recuerdo a Pucha Caltapila.
Confieso que en mis miedos, yo suprimía la L intermedia y en cuanto llegaba la noche corría a la seguridad de la casa, donde no llegara su aliento a tabaco recontramascado.
A decir verdad, Pucha era el terror de todos los niños del barrio. El pretexto bien conocido de padres y abuelos para tratar de que coman, de que estén tranquilos, que vayan a dormir temprano… Ante tanta amenaza, no se pudiera esperar otra actitud de los infantes con la popular señora, de edad incierta a quien, la verdad, le fallaba el coco.
Dicen que en tiempos lejanos guardaba los zapatos en el refrigerador, que botaba las ropas que la caridad vecinal le regalaba, que prefería vestir con atuendos de saco, amarrados como fuese a su corpulenta anatomía.
Precisamente así la recuerdo, aunque, por mis miedos, jamás me atreví a mirarla mucho.
Ahora que escribo acerca de este popular personaje de la Sagua la Grande de mi infancia, viene a mi mente el día, o mejor, la noche, en que me atreví a desafiar los miedos e ir a husmear en la casa de la vecina. Pucha era una aficionada a la televisión, cosa que olvidé en ese momento. Yo, entretenida como estaba, no vi que a mis espaldas, silenciosa, se había colocado la única persona capaz de hacerme orinar en plena calle. Cuando me volteé para regresar a casa…
A tantos años de aquel suceso todavía me da pavor recordar. Pucha siguió impasible, sin entender los gritos de aquella chiquilla malcriada, que de tantos espasmos casi muere ese día de puro susto.
Con los años aprendí a lidiar con Pucha Caltapila. Su presencia llego incluso a agradarme, por pintoresca e inofensiva. Un día supe que la habían trasladado a un lugar para pacientes Psiquiátricos, a las afueras del municipio de Corralillo.
Otros años después, Sagua la Grande se apenó con la noticia de su deceso. A mí solo me queda esta crónica para pedir disculpas a Pucha, por mis temores de la infancia. De no ser por esos miedos habríamos sido buenas amigas.













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