Por: Liuva Sarduy González
Ya otras veces he dicho que la historia de Sagua ha estado indisolublemente ligada a los huracanes. Revisando artículos de la Historia de Sagua, de Miguel Alcover encontré detalles del azote del ciclón del 4 de septiembre de 1888.
El cronista describe un espectáculo horrible, donde, en “seis horas de mortal agonía se vieron desaparecer edificios magníficos, derrumbarse infinidad de casas, volar los ladrillos, las tejas y las planchan de zinc; no quedar en pié un árbol y obstruirse las calles y plazas con agua y escombros.
En la incipiente Isabela de Sagua, que en aquellos años se llamaba también Boca del Rio, “el mar cubría los muelles, rujía de una manera que espantaba y sus olas batiendo enfurecidas y con fuerza irresistible, hacían saltar los tablones del piso de las casas, á pesar de los gruesos clavos que los sujetaban”, narra el cronista, no sin pesar en sus palabras.
Según Alcover, en medio del espectáculo horroroso del mar tratando de tomar su territorio, se veían “hombres denodados y fuertes que disputaban sus vidas á la tempestad, que se oponían á que los elementos desenfrenados se llevaran los tesoros que á ellos los valerosos marinos les estaban confiados, salvando las embarcaciones”.
El poblado se llenó de las aguas de mar y río mezcladas mientras, con el agua a la cintura, hombres, mujeres y niños pedían a gritos misericordia y salvación.
Quien se atrevía a salir de su casa, se arriesgaba a “ser arrastrado por la corriente y sepultado en el abismo insondable de las aguas enfurecidas para ser pasto á la voracidad de los monstruos marinos”, argumenta Alcover.
En el Puerto, por su parte, el espectáculo tampoco era agradable. Allí pululaban los buques desarbolados, que chocaban unos contra otros; á pique, destrozados, enredados sus palos y jarcias, arrojados contra los muelles y la costa, y deshechos. Tablas y fragmentos de embarcaciones, mercancías y muebles y mil objetos más á flor de agua, todo confundido, todo chocando, todo destrozándose…
Ni qué decir que después de semejante desastre, el incipiente poblado se cubrió de ruinas, cadáveres, llanto, desolación, miseria y espanto.
No hubo mucho para los isabelinos de 1880. Los 800 pesos que requería el Ayuntamiento a las autoridades Superiores de la Isla, nunca llegó, solo una rotunda negativa a pagar semejante suma.
Después de esta anécdota, el que pueda, que compare.












