Por: Liuva Sarduy González
A pocas personalidades salidas de esta tierra ha elogiado tanto Sagua la Grande como al Doctor Joaquín Albarrán, urólogo y eminente médico que hizo carrera y fama en Francia.
Los elogios a Albarrán no fueron, para suerte suya, después de su fama y deceso, no. En pleno apogeo de su carrera, exactamente el 20 de septiembre de 1885 la historia local recoge una sentida y suntuosa recepción de los sagüeros a su hijo ilustre.
La fiesta se efectuó en el entonces Casino español. Para la ocasión, la Directiva del centro español, galante e identificada con el sentimiento general, se adelantó a ofrecer sus espléndidos, salones, que fueron lujosamente adornados para la celebración del banquete.
Cuenta Antonio Miguel Alcover en su Historia de Sagua que los Doctores Boñet, Planas, Rodríguez y Figueroa y los Señores Gutiérrez, Godinez, Roa, Machado y López loaron de todas las formas posibles la fructífera trayectoria del médico y brindaron por sus éxitos que consideraron igualmente de Sagua la Grande, la sencilla tierra que lo vio nacer y donde recibió sus primeros estudios.
La ceremonia fue amenizada con música interpretada toda por artistas locales.
Según las memorias de Alcover, Albarrán contestó a todos profundamente emocionado ante la explosión de afecto.
Pero ahí no acabarían las sorpresas para el eminente urólogo. En la noche siguiente se celebró en su obsequio con, una concurrencia descomunal, la velada literario-musical en el Casino de Artesanos. Un evento que devino en verdadero acontecimiento intelectual para la Sagua la Grande de finales del siglo XIX.
Aun son palpables los homenajes a Joaquín Albarrán en su ciudad natal y aunque no se hable de su legado médico todos los días, ahí está la estatua que se le dedicara, por donativo popular, enclavada en el parque que lleva su nombre.
Albarrán vive en los sagüeros a través del nombre de una calle que lo inmortaliza y en las generaciones de urólogos que tienen su legado como bandera.












