Por: Liuva Sarduy González
Hay un Martí en cada uno de nosotros. Es inevitable, porque el más importante de los cubanos a nivel internacional desborda las fronteras humanas de su propia existencia para hacerse cantera viva de su pueblo, de su historia.
Pero necesitamos que ese Martí sea humano. Que se traduzca en acción, en la palabra encendida que él inspiró. Que emerja de los libros y las frases en carteles y papeles para tomar cuerpo, hacerse palpable; acción.
Hay un Martí que amanece cada mañana en mí. Y me alienta, conmueve. Invita a discrepar, a ofrecer segundas hacer algo bueno en su nombre, a ser mejor desde las diversas aristas de la vida que él mismo abordó con una universalidad que trasciende su tiempo y el nuestro.
Hay que mantener vivo a Martí. Hay que extraerlo cada jornada de la inmovilidad de un trazo de papel, de los planes engavetados en las oficinas, para que su verbo encendido siga apuntando el rumbo correcto, ese que marcó en 1895 y que aun marca con su estrella que ilumina y mata.
José Martí es apóstol, aurora y faro de Cuba y es necesario que lo entendamos todos, para que su amor por la libertad de esta tierra que amó hasta morir no caiga en manipulaciones que lo alejen de quienes seguimos el noble camino por el que abogó, tanto con la pluma como en la manigua.
Hay un Martí que es toda Cuba. Es ese que no dejamos morir en 1953 y que hoy invita a seguir con los pies plantadas en esta tierra sin amo.












