Por: Liuva Sarduy González
Hay pueblos signados por la suerte. Otros por la desgracia. Sagua la Grande vive entre esos dos destinos y se debate entre la suerte o la desgracia de ser un territorio surcado por las aguas del río que le da nombre.
Las peripecias de los sagüeros con su río datan de sus primeros tiempos. Diríamos mejor que hoy están mucho más controladas. En los años fundacionales, la Villa prácticamente debió resurgir de sus cenizas en más de una oportunidad.
Cuenta Alcover en su “Historia de la Villa de Sagua la Grande y su jurisdicción” que, “en 1837 debió ser grande el progreso de este pueblo, pues a pesar de un fuerte temporal de agua parecido más á un diluvio que á lluvias, que durante un mes fue tan continua la caída y abundancia de las aguas, que el río se salió de su cauce derramándose por toda la llanura que se dirige a la costa, confundiéndose con la laguna de Oyuelos y extendiéndose por toda la sabana hasta besar las bases de la sierra de la Jumagua”.
Según el ilustre historiador de la Villa del Undoso, no hubo casa que no sufriera las consecuencias de tan imponente como inesperada inundación.
Refiere Alcover que “Varios vecinos, entre ellos el conocido don Pedro de Águila, hicieron una balsa y en ella se fueron a la Jumagua huyendo de la inundación”.
No son fortuitos entonces los avatares de los sagüeros con su Undoso. Un río al que miramos preocupados u orgullosos los habitantes de esta ciudad, en dependencia de las veleidades de su cauce.












