Por: Liuva Sarduy González
Mi abuelo era un empedernido amante de los gallos. Todo lo que tuviera que ver con los emplumados dueños de patios y vallas lo atraía. Incluso, en su fraseología personal atesoraba un buen por ciento de menciones galleras.
Más de una vez escuché a abuelo contar historias de gallos en Sagua la Grande. Incluso, siempre se ufanaba de que en esta ciudad se realizaron importantes torneos, dignos de pasar a la historia.
Entre sus muchas reseñas galleriles, abuelo, entrenador de vallas contaba que Francisco Pobeda y Armenteros, el reconocido poeta romántico, fue dueño de una prestigiosa valla, en la esquina de las calles Cruz y Casariego, hoy Padre Varela y Salvador Herrera.
Relataba que, según le refirieron sus mayores, la prensa del siglo 19, para estar a tono con el fanatismo galleril, anunciaban a menudo las incursiones de expertos galleros de otras poblaciones. Y contaba, con tremenda gracia, el momento en que la Villa del Undoso quedó dividida por esa pasión.
La historia cuenta que con el propósito de recaudar fondos para la construcción de un hospital de caridad, se organizó una fiesta en Sagua. El jolgorio incluyó el nombramiento de reinas y nobles entre los aficionados a los gallos. Aquellas reinas, dos de las más bellas señoritas de la ciudad, emitían decretos y homenajeaban a gente notable de Sagua y de Cuba con simpáticos títulos de nobleza. Lo curioso de la cosa es que esos títulos aludían a las cualidades morales de los agraciados.
Dicen que causó furor aquel juego monárquico, que tenía como trasfondo el enfrentamiento de los gallos, una verdadera pasión para los cubanos y sagüeros de todos los tiempos.
Abuelo hoy no está. Pero no puedo dejar de pensar en él cuando, en las mañanas, insistentemente me despierta el gallo que reina en mi patio y, por supuesto, lleva su nombre.












