Por: Liuva Sarduy González
Para inicios del año 1830 Sagua logró materializar la idea de una escuela pública. La primera de la región fue inaugurada bajo la máxima de ser un “acontecimiento sensacional, por lo importante y transcendente y por cuanto fecunda la vida civilizada de un pueblo”.
La escuela fue fundada y sostenida por Don José Cabrera, quien por sus esfuerzos se ganó el mérito de pertenecer a la Real Sociedad Patriótica de la Habana, que presidía nada menos que José de la Luz y Caballero.
Pero nadie piense que la famosa escuela era como las que conocemos hoy. Solo 15 niños pobres lograron acceder a las gratuidades de la enseñanza en aquella primera ocasión. El resto de los asistentes eran pensionistas.
Este colegio, el primero que tuvo Sagua, fue dirigido por el Señor Ángel Morales de Arenas, secundado en el cargo por José María Rodríguez de los Heros, quien llevó a cabo la honrosa misión de ser su primer Inspector.
Aunque hoy nos pueda parecer mezquina esta obra, en la época causó gran furor, sobre todo si se tiene en cuenta que para su construcción, el fundador donó en su testamento “4 caballerías de tierra en la hacienda de la Jumagua y un solar en la calle del Rio; todo á favor de los fondos de las escuelas de niños pobres”.
Entre los innumerables elogios que se llevó a la tumba Cabrera, autor y financiador de la honorable idea de escolarizar a los niños pobres, destacan los del poeta Antonio Rosales, autor de “Los Murmurios del Sagua” quien dedicó encendidas palabras al hecho de crear escuelas.
Sirvan algunas de sus citas para agradecer el hecho y, especialmente para ilustrar la importancia de educar, pues para el malogrado coterráneo, “es darle alas al progreso humano, es sembrar en el corazón de los hombres que nos han de suceder, la semilla de la virtud, que da cosecha de felicidades.
Establecer colegios, cátedras, universidades, es hacer de la tierra una vasta escuela cuya doctrina tienda á que el género humano modifique por medio del estudio su carácter belicoso, cuya doctrina tienda á que los hombres se amen, como miembros de una sola familia y proscriban el arte de la guerra que los diezma y los detiene en el camino de su redención moral é intelectual”.












