Por Liuva Sarduy González
Aunque para muchos hoy parezca increíble, la vacunación, ese bien que trajo a los cubanos el Doctor Tomás Romay en el año 1804, no llegó a Sagua la Grande hasta 45 años después de su instauración por el excelso médico.
A pesar de las constantes epidemias que llegaban a la naciente Villa del Undoso, ya sea por los sucesivos eventos naturales o por el habitual trasiego humano por su río y puerto, los sagüeros desconocían la vacuna hasta que, en 1838 y gracias al nefasto efecto de una epidemia de viruela, los lugareños conocieron los efectos del pinchazo sanador.
La Historia de esta ciudad reconoce la labor del médico Dr. D. Alexandro Lagargett, quien se encargó personalmente de promover la labor que desde hacía algunos años, llevó a cabo Romay en La Habana.
Bajo el rimbombante título de Diputado de la Vacuna en Sagua, el eminente científico se encargó de promover los efectos de la vacunación y, poco a poco, logró que buena parte de la población, en especial los más pobres, cedieran a la inoculación.
Fíjese si es loable la labor de este filántropo, que por más de 15 años desempeñó esa misión el Dr. Lagargett sin recibir centavo alguno, hasta que, en 1853, sin mucho dinero al que echar mano, solicitó una subvención de 12 pesos mensuales para atender a tan importantísimo servicio sanitario y profiláctico.
Vocación de servicio que tienen muchos y que la historia le agradece a este hoy desconocido galeno, de quien pudiera hablarse más cuando de la génesis de la medicina en la Villa del Undoso se hable.












