Por: Liuva Sarduy González
El pregón es tan intrínseco del cubano como la guayabera o el gusto por el café. Según los cronistas de antaño, en la formación de la identidad cubana, no falta un buen pregonero.
Entre mis recuerdos de la adolescencia destaca el de Oliva. Así, a secas. Nadie supo decirme de dónde salió ni que era antes de convertirse en el pregonero más popular de Sagua la Grande en los difíciles años 90 del siglo XX.
No es que por aquellos días vendiera algo de otro mundo. Por lo que trascendía Oliva era por la particularidad de su pregón.
En las calles de la Villa del Undoso se oía la voz del delgado negro, sobre una bicicleta, en la que se las arreglaba para cargar “colchas de trapear que parecen sábanas”, “tubos de luz fría que duran 20 años” y cualquier otro artículo decadente y necesario para los sagüeros.
Tras la muerte de Oliva, relativamente joven, de una enfermedad que silenció sus pregones, en las calles de Sagua la Grande han renacido otros intentos de vendedores ambulantes.
Todo el mundo escucha con agrado al carro que, acompañado de música actual da a conocer una variedad de dulces. O la panadera que con un particular tono propone “el pan laaargo” y hasta el de mi barrio, a quienes se le han sumado fieles de todas las edades solo por el tono con que anuncia la llegada del pan de cuatro pesos.
Los pregones y sus protagonistas son necesarios, siempre que no lleguen en horas muy tempranas de la mañana o en la siesta. A estas alturas ya me resigné a escuchar nuevas variantes de esta modalidad, pero nunca olvido a Oliva, el dueño de los pregones más originales que se escucharon en las calles de la Villa del Undoso.












