Por Liuva Sarduy González
¡Qué no harían los sagüeros del siglo XVIII para agradar a la metrópoli!
Vallas de gallos, fiestas dedicadas al nacimiento de príncipes, cientos de cartas aduladoras… pero, indudablemente, la celebración de una corrida de toros en Sagua la Grande se lleva todos los créditos.
La idea de implantar la tradición española en nuestras tierras se promovió en el mes de abril de 1853, y tanto trabajaron hombres y mujeres en ese empeño que en menos de 30 días, el 8 de mayo, Sagua la Grande tuvo su primera y legendaria corrida de toros.
Para la ocasión se preparó un solar contiguo a la casa de don Fernando Peraza, al final de la calle Colón. Eran, en total, 3 los animales que tomarían parte en la famosa corrida, pero no eran cualquier ejemplar. ¡De eso nada!
Según la nota circulada en la prensa local, tomarían parte en el espectáculo tauromáquico soberbios toros de las haciendas de Viamontes y las Pesas. Supongo que ellos serían los menos divertidos en toda esta locura por agradar a España, pues uno de los toros debía ser sacrificado.
Para darle mayor realce al espectáculo llegaron a Sagua la Grande verdaderos portentos en el oficio. Nada menos que el Primer Espada Juan Manzano, natural de Sevilla, conocido en todas las plazas por el tío Juan, presidía la lista de honorables toreros. Le seguía el no menos valiente y Segundo Espada Sobresaliente Joaquín Acosta, conocido por el Pajarito. El Banderillero fue Gervasio Pea, natural de Madrid y José Salas, natural de Jerez de la Frontera, completaba el cuarteto de personajes entendidos en la doma de toros, en la función de Picador.
Ni qué decir que estos espectáculos degeneraron en escándalos y abusos de todo orden, que hicieron circular la orden de derribo de la plaza por el gobernador sagüero Joaquín Fernández Casariego, aunque los adoradores de España tuvieron tiempo de disfrutar, al menos, de otras cinco corridas de toros en el famoso lugar.












