Por Liuva Sarduy González
Es tan, pero tan pintoresca la historia de Sagua la Grande, que se cuenta entre sus personajes hasta una especie de Noé. Sí, el mismo que, según la tradición bíblica, salvó a la especie animal con su milagrosa arca.
Algo parecido ocurrió en Sagua la Grande, ciudad azotada continuamente por ciclones y temporales.
Fue en 1837. Los famosos aguaceros de mayo formaron un verdadero diluvio que rebasó los límites del río Sagua, la laguna de los Hoyuelos y Jumagua. En estas condiciones no hubo más recurso que correr hacia Los Mogotes de Jumagua.
Ahí aparece Don Pedro de Águila. Preocupado por la situación y sin otra intervención divina que su ingenio, construyó una gran balsa de troncos, en la que logró escapar a las reconocidas elevaciones con toda su familia, las pertenencias y su perro.
A mí no me crea, pero dicen que este fue un evento tan destructivo como las famosas inundaciones de 1894 y 1906, feroces y destructivas, que puede incluirse en el tercer escaño si hiciéramos un ranking de desastres naturales en Sagua la Grande.
Nadie calculó cuántos daños dejó tras de sí este fenómeno natural. De él y su impacto solo han trascendido el ingenio de Pedro y su familia, que escaparon de la muerte gracias a su conocimiento de la historia bíblica y su rápida acción.












