Por: Liuva Sarduy González
Un costado de la antigua cárcel pública de Sagua la Grande me ayudó a aliviar la soledad de la niñez y, de paso, a fertilizar la imaginación.
Eterno enigma fue para mí la vida al otro lado de esos barrotes que siempre sonreían con cara burlona aunque, cuando yo nací, hacía rato que por esos lares no había preso alguno.
Yo, la verdad es que me sentía como una presa más, a pesar de estar rodeada de libros y “muñequitos”. Por eso siempre agradecía las leyendas familiares relacionadas con la Cárcel, que, desde 1863 animaba, de cierta manera, la tranquilidad de la zona.
En la cárcel hasta encontraron parejas, algunas jóvenes de la zona, como mi tía Fina, que consiguió esposo entre los bien plantados guardias del lugar.
Cuenta mi tía Juana que, en su infancia y adolescencia, los vecinos se sentaban en la acera para descubrir a algunos presos famosos, los más de ellos, inofensivos.
Hay que escucharla mencionar nombres como Catapila, Niña bonita y otros conocidos, que entraban y salían sin parar de aquel recinto, que hoy lucha endemoniadamente contra el tiempo para persistir, amén de su pésimo estado constructivo.
La mejor de las anécdotas daba cuenta de cómo ella y sus hermanas (mi madre incluida) pasaban a los reos algunos de esos creyones de labios de repuesto, para colaborar con sus fantasías carcelarias.
¡Y qué decir de las escapadas! Aunque parezca mentira, muchas de ellas se realizaron con el amparo de los vecinos que alentaban a los escurridizos y hasta se demoraban en ofrecer los datos a los guardias… para darles tiempo a los pobres, porque no es fácil estar preso.
Claro, al final siempre eran atrapados porque a los incautos solo les quedaba correr Solís arriba para llegar al río, por la calle Brito.
Así pinta Juana las historias de presos y carceleros. Y en la memoria no sé bien quiénes eran los buenos y quiénes no. Solo se me ocurre revelar estas añoranzas por una infancia llena de fantasías con respecto a la Cárcel, ese lugar mágico y lleno de anécdotas que ahora lucha contra el tiempo, las piedras de los infantes y la soledad de sus paredes.
