Por: Roxana Sánchez Varela

 

Cuentan que allí bautizaron, cuando niño, a Wifredo Lam, el famoso pintor cubano, pero el calendario desmiente la leyenda.

Lam nació en el año 1902 y la ceiba situada en la calle Franklin de Sagua la Grande lo hizo cuarenta años después. Éxida, la propietaria del solar donde reina este majestuoso árbol, recuerda a sus 83 años cómo su madre afirmaba que el madero había nacido de forma natural y que por eso a su familia le esperaba un futuro lleno de prosperidad.

Éxida vio como la ceiba se apoderaba, poco a poco, de su terreno, sus raíces surcaron la tierra con una facilidad increíble, sus ramas ensombrecieron el espacio donde habitaba y ni siquiera los vientos y las lluvias más fuertes de la naturaleza, frenaron su poderío.

Adabba, como se le conoce a la ceiba en el mundo de la religión yoruba representa, para esta cultura, una especie de madre milagrosa.

Son muchos los rituales que al pie de la ceiba se realizan, las personas hasta dejan sus deseos materializados en frutas o animales, en espera de que Adabba los cumpla y ni las manos más osadas son capaces de cortar la más pequeña de sus ramas, temerosos de la mala suerte, que según cuentan, les acompañaría para siempre.

Pero más allá de mitos y leyendas, la ceiba situada en la calle Franklin de Sagua la Grande, acoge a todo aquel que desea disfrutar de una buena sombra y los niños del vecindario la han escogido como centro de sus juegos. Bajo sus ramas las personas despliegan su imaginación y aparecen historias, como esas que cuentan que a Wifredo Lam lo bautizaron en ese sitio.