Por: Liuva Sarduy González
Parecía que los cubanos nos libraríamos de ese lastre que acompaña a quienes vivimos en el Caribe, aunque, a decir verdad, prefiero los ciclones a los volcanes u otros eventos meteorológicos que devastan regiones.
Hablando de tempestades, mi abuela siempre trataba de crear un ambiente agradable para pasar estas contingencias. Ello, basado en una historia de su esposo, mi abuelo; padre de 10 retoños, que en cuanto se daba la voz de alarma salía a las calles a proveerse de cuanto sirviera para llenar las 12 bocas de su hogar, en especial la suya.
Y dicen quienes lo vieron, que en cuanto arreciaban el viento y las lluvias, aquel señor se sentaba a comer y solo paraba de masticar cuando comprobaba que “todo había pasado”.
Así, en la familia existe toda una tradición basada en pasar de forma entretenida las horas que dure el evento meteorológico. De tal práctica deriva mi récord de horas al teléfono.
No sé cuál era el ciclón. Sí que empecé a hablar con mi amiga Yaidelis sobre las 10 de la noche… y eran las 3 de la mañana y todavía estábamos en esas.
Otros momentos me ubican, bajo la luz de las conocidas “chismosas”, en la atenta lectura de uno de mis libros favoritos o detrás de la ventana, a la espera de que pase el referido evento climatológico para salir a contabilizar los daños.
En esas estaba uno de mis amigos cuando, de repente, alguien grita: “Oye, corre que estamos en el ojo del huracán. Ahora viene lo peor”.
Juro que pocas veces vi a alguien salir a la desbandada tan rápido. Lo cierto es que, por suerte, el desafiante amigo libró el embate de los vientos contra los vetustos árboles del Mausoleo.
Matthew activa las alarmas para los cubanos. Esas que, bien sabemos los que vivimos en el Caribe, traemos tan enraizadas como el gusto por el baile o el congrí. Por eso no descuidamos las medidas de prevención ante desastres. En fin, este huracán solo prueba la capacidad de los cubanos para enfrentar desastres... y hacerlo bien.
