Por: Liz Martínez Vivero
Hasta hoy muchos, hombres en mayoría abrumadora, quizás la recuerdan como una mujer decente que supo guiar por el buen camino a su hijo Sergio el grande, segundo y último dueño del local. El estigma de quienes habitaron por aquellos años la calle Ribera, besada por el ímpetu del Undoso, acompañaría a la Camión por siempre. Su existencia tuvo como telón de fondo aquella realidad, y aunque los años sepulten algunos recuerdos, María no quiso evitar ser la consecuencia directa de aquel momento histórico. Su inquebrantable decisión de ser quien fue le ganó quizás el repudio de las señoritas de casa, privadas de mirar hacia el remanso del río cuando cruzaban el puente pero igualmente garantizó para ella un nombre para la eternidad.
