Por: Liz Martínez Vivero
Y la frase se repite en todos los lugares que visito sin precisiones en la hora o el contexto. Tampoco existen discriminaciones genéricas, porque hasta los niños sienten los efectos de este intensísimo y prematuro verano que me pone a soñar despierta con unas vacaciones playeras. ¡Qué calor! Parece un versito aprendido de memoria. Por lo menos, hace unos días el embullo con las lluvias de mayo trataban de hacer lo mejor posible para aliviar el horripilante clima. Parece un plus inminente, en este 2017, luego de una temporada invernal que ya ni recuerdo.
¡Cómo cambian las mentalidades! Mi vecino, que hasta el domingo pasado apelaba a la misericordia de su esposa para ver los deportes en vivo y a todo color (aunque no pocas veces le tocó enterarse por el radio), ahora se conforma con que lo dejen ver el parte del tiempo.
“Cuando está Rubiera es porque lo que se nos viene encima no es fácil”.- comenta resignado.
Me imagino que se consuela en la espera paciente e inevitable de que en agosto, si bien pueden recrudecerse las temperaturas, iniciará la Serie Nacional de Béisbol.
Las personas no son susceptibles a los cambios, o es que el calor no permite que te concentres en otra cosa que en la carrera de la velocidad que, al menos yo, emprendo cuando salgo de la guagua ansiosa por llegar a mi trabajo… donde puedo degustar un poco de airecito.
El caso es que hoy no me percaté, fui a un mandado y luego regresé sobre mis pasos (cinco cuadras) porque había olivado otro pendiente cerca del primero. Y entonces, me llegó el bono extra de otra guagua y en consecuencia, una mayor cuota de la previamente asignada a mi calor particular, personalizado y nuestro de cada día.












